Curriculum y biografía del Prelado Opus Dei (Javier Echevarría)

Javier Echevarría nació en Madrid el 14 de junio de 1932. Es el menor de ocho hermanos. Su padre, Ingeniero Industrial y profesor de la Escuela de Ingenieros, era oriundo del País Vasco. Comenzó los estudios de enseñanza primaria en el colegio de los marianistas de San Sebastián. Más tarde, ya en Madrid, cursó el bachillerato en el colegio de los hermanos maristas.

El 8 de septiembre pidió la admisión en el Opus Dei. Tres meses antes había conocido a algunos miembros del Opus Dei, en la residencia de estudiantes de la calle Diego de León, a la que acudió con unos compañeros de clase que se habían sentido interesados por el Opus Dei a raíz de un artículo publicado en una revista. Poco después, en noviembre, conoce al Fundador del Opus Dei, con ocasión de un viaje de éste a España.

Comenzó los estudios de Derecho en la Universidad de Madrid y los continuó en Roma. Se doctoró en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad de Santo Tomás (1953), y en Derecho Civil por la Pontificia Universidad Lateranense (1955). Fue ordenado sacerdote el 7 de agosto de 1955. Ha sido profesor de Teología Moral en el Collegio Romano della Santa Croce y en el Collegio Romano di Santa María. En 1953 San Josemaría lo nombró su secretario, y lo preparó a lo largo de casi 20 años en las tareas de dirección del Opus Dei. Miembro del Consejo General del Opus Dei desde 1966. Hasta 1975, año de la muerte del San Josemaría, fue junto con Alvaro del Portillo, la persona más cercana al Fundador del Opus Dei, de cuya vida y mensaje es testigo directo y cualificado. Con San Josemaría realizó numerosos viajes por toda Europa, ya desde finales de los años cincuenta, para impulsar el desarrollo apostólico del Opus Dei. En los últimos años de la vida del San Josemaría, le acompañó también en sus viajes pastorales a distintos países de América: México (1970); Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Venezuela (1974); Venezuela y Guatemala (1975).

En 1975, cuando Monseñor Alvaro del Portillo sucedió a San Josemaría al frente del Opus Dei, Monseñor Echevarría fue nombrado Secretario General, cargo que hasta ese momento había desempeñado Mons. del Portillo. Desde la erección del Opus Dei en Prelatura personal (1982), Monseñor Javier Echevarría fue el Vicario General. Ha sido el principal colaborador en la tarea de gobierno de Monseñor del Portillo, como éste lo fuera del Fundador. Ha compartido con él diversos acontecimientos de la vida de la Prelatura: la configuración jurídica definitiva, la expansión a nuevos países, la promoción de iniciativas apostólicas. Además, le acompañó en sus viajes apostólicos a Norteamérica (1983 y 1988), Oceanía y Extremo Oriente (1987), Africa (1989) e Israel (1994), así como en sus visitas a casi todos los países europeos. En particular, ha conocido de cerca la realidad de los países del Centro y Este de Europa, con ocasión del comienzo de la labor del Opus Dei en algunos de esos lugares. Como Vicario General de la Prelatura, Mons. Echevarría mantuvo una asidua relación con el Episcopado mundial. Con frecuencia, además, ha colaborado directamente con la Santa Sede. Desde 1981 es Consultor de la Congregación para las Causas de los Santos.

Tras el fallecimiento de Mons. Alvaro del Portillo, el Santo Padre le nombró Prelado del Opus Dei el 20 de abril de 1994, confirmando la elección hecha por el Congreso General Electivo del Opus Dei. El 21 de noviembre de 1994 fue nombrado Obispo titular de Cilibia.
El 7 de octubre de 2002 preside la ceremonia de acción de gracias por la canonización del Fundador del Opus Dei.

(tomado de Opus Dei: verdades, críticas y secretos)

El actual prelado del Opus Dei: Mons. Javier Echevarría

El actual prelado del Opus Dei nació en Madrid el 14 de junio 1932. Es doctor enDerecho Civil y en Derecho Canónico y pertenece al Opus Dei desde 1948. Fue ordenado sacerdote el 7 de agosto de 1955. Colaboró estrechamente con san Josemaría Escrivá de Balaguer, de quien fue secretario desde 1953 hasta su muerte, en 1975. Miembro del Consejo General del Opus Dei desde 1966.
En 1975, cuando Álvaro del Portillo sucedió a san Josemaría Escrivá al frente del Opus Dei, fue nombrado secretario general, cargo que hasta ese momento había desempeñado Mons. Del Portillo. En 1982, con la erección del Opus Dei en prelatura personal, fue nombrado vicario general de la prelatura. Desde 1981 es consultor de la Congregación para las Causas de los Santos; y desde 1995, de la Congregación para el Clero. Tras su elección y nombramiento por Juan Pablo II como prelado del Opus Dei, el 20 de abril de 1994, el Papa lo ordenó obispo el 6 de enero de 1995 en la basílica de San Pedro.

El Opus Dei y los obispos diocesanos

Su experiencia como obispo de una Prelatura personal es muy diferentes a la de los obispos que encabezan una diócesis. ¿Cuáles son sus particularidades?
En los cuatro sínodos de obispos en los que he participado como padre sinodal, he sentido la solidaridad de mis hermanos en el episcopado. Como miembros del colegio episcopal, compartimos, unidos al Papa, la responsabilidad sobre toda la Iglesia. Se aprende mucho de los demás.
Desde luego, la extensión geográfica de la prelatura del Opus Dei, desde China a Estonia, del Líbano a la India, de México a Uganda, nos sirve para palpar diariamente las realidades más variadas. (...)
También, estamos en contacto permanente con los problemas de los hombres, desde los más banales a los más graves: el hambre (hay fieles de la Obra que no pueden hacer más que una comida al día, como por ejemplo en los Andes peruanos o en alguna isla de Filipinas); la guerra o la inseguridad en Tierra Santa, Colombia, Congo o Sudáfrica y en tantos otros países; o los desafíos intelectuales más serios, como por ejemplo los que se refieren a la bioética.
Pero los medios son siempre los mismos: la Cruz y el Evangelio. Y la misión que la Prelatura ha recibido de la Iglesia atañe a todos los hombres: recordar a cada uno que Dios le ama y espera ser correspondido en la vida ordinaria. En otras palabras, la llamada universal a la santidad allí donde nos encontremos.
El Opus Dei participa pues en la misión de la Iglesia y comparte con ella y en ella "la alegría y la esperanza, la tristeza y el sufrimiento de los hombres" (Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes, n° l).
Uno de los retos a los que se enfrentan los fieles de la prelatura es el desconocimiento que se tiene de Jesucristo en grandes áreas del mundo y en amplias capas de la población, desde Suecia a Kazajstán, de Singapur a Finlandia.
Asimismo, nos enfrentamos a la anorexia espiritual de la Vieja Europa; a su "cultura de la muerte"; y a la búsqueda de la igualdad educativa formulada "a la baja", que son causa de una emotividad exacerbada que revela una falta de referencias y ausencia de coraje, en especial a la hora de combatir los propios defectos, los propios pecados.
Este panorama quedaría incompleto si no mencionáramos el actual deseo del Absoluto entre la juventud, el crecimiento de una conciencia ecológica bien enfocada, y una mayor apertura a la existencia de Dios. Esta palabra, pese a que aún quema en los labios de muchos políticos occidentales, sigue interpelando a mucha gente. Un gran número de jóvenes está descubriendo la novedad de Cristo.
Querría añadir que, gracias a Dios, esta sed de renovación, este deseo de ampliar las fronteras, no pertenece sólo a los jóvenes. Hay, en todos los niveles de las sociedad, hombres y mujeres humanamente maduros, quizá adultos, que mantienen un corazón joven, dispuesto a recibir y a darse.

Mons. Javier Echevarría. Sophie de Ravinel, Famille Chrétienne (France), 1 de enero de 2002

"Sin estar en la Iglesia, el Opus Dei se desharía"

¿Cuál es la relación con los nuevos movimientos y asociaciones en la Iglesia, con la vida religiosa?
Cuando rezo el Credo, me gusta paladear cada una de las notas que definen a la Iglesia: Una, Santa, Católica y Apostólica. La Iglesia es intrínsecamente una, no un conglomerado de elementos dispersos. Es un organismo, un cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, en el que los diferentes miembros, con su enriquecedora diversidad, se necesitan unos a otros.
Todo el valor del Opus Dei reside en que es parte de la Iglesia: sin ese estar en la Iglesia, el Opus Dei se desharía. Por eso, cualquier otra luz que se enciende para servir a Jesucristo, me resulta cercana, algo propio, expresión de la iniciativa del mismo Espíritu, del empeño por anunciar a Cristo.
En el plano práctico, el Opus Dei procura mantener una relación fraterna con todas las realidades de la Iglesia. Y cuenta con el apoyo de la oración y el cariño de muchas personas: por mencionar sólo un ejemplo, más de quinientas comunidades contemplativas son cooperadoras del Opus Dei.

Mons. Javier Echevarría. ALFA Y OMEGA, Madrid, España, 21 de febrero de 2002

La familia

¿Cree que mantener el espíritu cristiano en una familia es más difícil ahora que en otros tiempos?
Sin duda hay dificultades nuevas, pero esto no significa que antes no hubiera ninguna. En todo caso, a mí no me gusta hablar de dificultades, sino de desafíos. Y a los desafíos es preciso responder de modo constructivo.
Educar a los hijos no es sólo preservarlos de peligros y resistir a las influencias nocivas del ambiente: es, sobre todo, realizar una apasionante tarea positiva, que el Señor ha puesto en manos del padre y de la madre.
Es una tarea difícil, en efecto, pero la ayuda de Dios, que es el factor más importante, no falta nunca a quien la pide en la oración. ¡Cuántas veces ha sido precisamente el acicate de la responsabilidad por la educación de los hijos lo que ha llevado a los padres a acercarse a Dios!

Mons. Javier Echevarría. "DIÁRIO DO MINHO", Braga, Portugal, 2/10/2000

El feminismo

En alguna oportunidad Ud. ha hecho mención a un feminismo auténtico. ¿Qué quiere decir?
Juan Pablo II —en la Carta que dirigió a las mujeres en el mes de junio pasado— señalaba que el feminismo ha sido una realidad sustancialmente positiva. Es cierto que algunos excesos se han mostrado, a la postre, dañinos para la mujer. Pero podríamos decir que han sido los efectos secundarios. Lo importante es que se han conseguido muchas mejoras relativas a la condición de la mujer en el mundo.
Cuando he hablado de feminismo auténtico he querido referirme a todo aquello que supone servir a la causa de la mujer. Pienso que en el camino del feminismo se han atravesado otras reivindicaciones (la revolución sexual, el miedo demográfico) que han terminado por desviar el movimiento para la liberación de la mujer de sus verdaderos fines. Por eso, considero que el verdadero feminismo tiene todavía muchos objetivos que alcanzar. Son aún frecuentes las situaciones degradantes para la mujer, que han de ser modificadas: violencia —en el ámbito social y en el ámbito doméstico—, discriminación en el acceso a la educación y a la cultura, situaciones de dominación o falta de respeto, etc. El núcleo del verdadero feminismo es, como resulta obvio, la progresiva toma de conciencia de la dignidad de la mujer. Muy distinto es, en cambio, el núcleo de otros feminismos —de ordinario, agresivos—, que lo que pretenden es afirmar que el sexo es antropológicamente y socialmente irrelevante, limitándose su relevancia a lo puramente fisiológico.
La toma de conciencia de la dignidad de la mujer ha de difundirse entre las propias mujeres, erradicando toda forma de complejo de inferioridad. Y teniendo la valentía de llamar a las cosas por su nombre: rebelándose también, por ejemplo, ante los estragos que causa el vergonzoso negocio de la pornografía; ante la triste y equivocada afirmación del derecho a provocar el aborto; ante la desgracia social —no es otra cosa, además de la ofensa a Dios— del divorcio.
Pero esa toma de conciencia de la dignidad de la mujer ha de difundirse también entre los hombres, hasta eliminar todo engañoso pensamiento de superioridad y todo deseo de dominio. Es cierto que el feminismo está configurando un nuevo modelo de mujer, pero —en el fondo— está interpelando al hombre, que tiene que aprender a mirar y a tratar a la mujer de un modo nuevo.
Nuestro Señor, que es infinitamente Justo e infinitamente Sabio, creó al hombre y a la mujer con misiones distintas, teniendo la misma posibilidad de santificarse. Tratar de alterar ese orden es poco consecuente, y estamos viendo a qué resultados conduce: falta de comprensión y de convivencia, ausencia de entendimiento de la humanidad.

Mons. Javier Echevarría. "EL MERCURIO", Santiago de Chile, 21/01/1996

Conservador o progresista

¿El Opus Dei es una institución conservadora?
Si se usan los términos "conservador" o "progresista" en sentido político, no podría contestar a la pregunta, porque ese esquema no sirve cuando se habla de la Iglesia. Si se emplea la palabra "conservador" fuera de ese contexto político, se podría decir que toda la Iglesia es "conservadora", porque conserva y transmite el Evangelio de Cristo, los sacramentos, el tesoro de la vida de los santos, sus obras de caridad. Por razones análogas, toda la Iglesia es "progresista", porque mira al futuro, cree en los jóvenes, no busca privilegios, está cerca de los pobres y de los necesitados. O sea, el Opus Dei es conservador y progresista como lo es toda la Iglesia, ni más ni menos.

Mons. Javier Echevarría. Presència, España, 23/07/2000

La influencia del Opus Dei

¿En qué medida el Opus Dei puede influir sobre los acontecimientos del mundo y, en particular, de la Iglesia? ¿De que modo influye la situación actual sobre la Prelatura?
El principal influjo que los fieles del Opus Dei ejercen es por medio de la oración: todos los laicos y sacerdotes de la Prelatura, casi 80.000, rezan diariamente por el Papa, por los obispos, por la unidad de los cristianos, por este mundo que aman apasionadamente. Estoy convencido que esta súplica individual, y al mismo tiempo compacta, que se eleva continuamente a Dios desde los cinco continentes, es un gran bien para la Iglesia y para la sociedad.
Por otra parte, el Opus Dei no tiene una estrategia global de acción en la sociedad. Sin embargo, el espíritu de santificación del trabajo ordinario que anima a los fieles del Opus Dei, constituye un estímulo en sus vidas que los empuja a hacer de su propio trabajo un servicio eficaz a los demás y un instrumento para promover la justicia y ejercer la caridad con sus semejantes. Al mismo tiempo, el trabajo es ocasión de apostolado personal con nuestros semejantes y, por consiguiente, de servicio a la Iglesia.
La situación actual del mundo influye en el Opus Dei del mismo modo que influye en la Iglesia entera, porque la Prelatura del Opus Dei es una porción de la Iglesia. La difusión actual de la secularización y del espíritu de autosuficiencia representan hoy una dificultad real —o al menos un desafío— para nuestros apostolados como para el de toda la Iglesia. Pero también existen elementos positivos y, de hecho, en el Opus Dei comprobamos diariamente que en todo el mundo se cuentan por miles los jóvenes —también mujeres y hombres de todas las edades— deseosos de responder con generosidad y entusiasmo al ideal de un cristianismo vivo y exigente que los fieles de la Prelatura procuran transmitir.

Mons. Javier Echevarría. Agencia de noticias "KAS", Polonia, 17/05/1995 .

Las diócesis y el Opus Dei

¿Cuáles son sus relaciones con los Obispos diocesanos, y con los sacerdotes y párrocos?
Dentro de una profunda y radical unidad, las relaciones son diversas, como corresponde a la variedad de situaciones humanas y eclesiales de los fieles de la Prelatura del Opus Dei. Se trata, siempre, de relaciones llenas de respeto, adhesión, sincero afecto y afán de colaborar, lógicamente, dentro de la misión confiada por la Santa Sede a la Prelatura. Permítame que insista: el Opus Dei, en palabras de nuestro Fundador, siempre tira del carro en la misma dirección que los Obispos diocesanos. Por eso mismo, la mayor parte de los frutos de vida cristiana de la labor apostólica del Opus Dei queda en las diócesis.

Mons. Javier Echevarría. "ABC", Madrid, 5/11/1994

La canonización de Escrivá de Balaguer no es un momento de triunfo sino de humildad

El prelado del Opus Dei, Javier Echevarría, habla para ABC de la importancia para el conjunto de la Iglesia de la canonización, mañana, del fundador de la Obra, Josemaría Escrivá de Balaguer
«Os dejo, como herencia, el buen humor», decía de vez en cuando Josemaría Escrivá y, una vez más, su palabra se ha cumplido. Su actual sucesor al frente del Opus Dei, monseñor Javier Echevarría, sonríe con ojos chispeantes y elimina las distancias con una broma a la menor oportunidad. La sede de la Prelatura, en la calle Bruno Buozzi, sorprende por su agradable aire de casa de familia, y la bienvenida del Prelado es cordial, hogareña. Se le nota contento, pero el rasgo más llamativo es su sencillez, la absoluta tranquilidad en un momento en que la canonización del fundador bien justificaría un poco de triunfalismo. Vivir con un santo durante un cuarto de siglo es privilegio de muy pocas personas. Javier Echevarría llegó a Roma como un joven estudiante de Derecho en 1950 y comenzó a colaborar con monseñor Escrivá de Balaguer en 1953, compartiendo con el fundador las jornadas agotadoras, los disgustos y las alegrías de extender la Obra por el mundo antes de que fuese Prelatura personal. Monseñor Echevarría es el testigo por antonomasia de una vida de santidad. Mañana, en la Plaza de San Pedro, abrazará al Papa en una ceremonia de canonización que abre, para siempre, la etapa de madurez del Opus Dei.
-Monseñor Echevarría, ¿cómo se siente al ver que la Iglesia rinde homenaje al fundador del Opus Dei y consagra su mensaje?
-Muy feliz, por el cariño que tengo a quien sigo llamando «Padre». A la vez, sé que a él no le gustaba llamar la atención, estar en el candelero. Su lema constante era «ocultarse y desaparecer, que sólo Jesús se luzca». Ahora, desde el Cielo, seguirá diciendo: «Para Dios toda la gloria».
-En todo caso, mañana no conseguirá ocultarse...
-Es cierto, pero las canonizaciones no son un acto de homenaje. Son la confirmación de la vida ejemplar de una persona y, sobre todo, de la acción de la gracia divina en su alma. Son ocasiones para renovar el deseo de convertirnos, de ser más fieles a Cristo. En ese deseo de conversión diaria, que debe continuar después del 6 de octubre, confluyen todos mis sentimientos desde que supe la fecha de la canonización.
-El interés mundial es enorme. ¿Considera el Opus Dei este momento como un triunfo?
-En absoluto. Sería no sólo empequeñecer la Obra sino empequeñecernos personalmente. Mire usted, un cristiano no viene a triunfar en la Tierra sino a trabajar, utilizando el prestigio personal para servir a la Iglesia, a la sociedad y a las almas. Nuestro fundador nos repitió que la gloria del Opus Dei es no tener gloria humana; es servir a todas las almas, sin discriminación alguna. La canonización del fundador no es un momento de triunfo sino de humildad.
-¿Por qué de humildad?
-Porque es una buena ocasión de comparar la propia vida con el ideal que nos enseñó y, sobre todo, que él encarnó en su vida. La distancia será aún más clara cuando, con el paso del tiempo, se comprenda todavía mejor la grandeza de su figura. Tenemos que ser muy humildes. Josemaría Escrivá se esforzaba por ocultarse y desaparecer para que quedase más claro que la Obra era de Dios. Él se consideraba tan sólo «un instrumento inepto y sordo». Esto nos enseña a descubrir que la grandeza de la persona humana es dejar actuar a Dios en la propia alma, y cooperar con responsabilidad.
-Escrivá de Balaguer «democratizó» la santidad, y el Papa lo propone ahora como ejemplo a toda la Iglesia. Pero ¿cómo pueden imitar a un sacerdote las mujeres y los hombres de a pie, que llevan una vida completamente distinta y afrontan problemas muy diferentes?
-El beato Josemaría repitió con insistencia machacona que él no era el modelo: el único modelo es Cristo y el modelador es el Espíritu Santo. En una canonización, la Iglesia no invita a imitar la personalidad de un determinado santo, sino a aprender, mirando a ese santo, a imitar a Cristo. Y el beato Josemaría, sacerdote secular que amaba el mundo y la secularidad, nos invita a imitar a Cristo en todo momento y en todo lugar, en las diversas circunstancias de la vida ordinaria. Estoy persuadido de que la figura de San Josemaría será siempre muy actual. La mejor respuesta a sus preguntas sobre el Opus Dei será la Plaza de San Pedro durante la ceremonia de la canonización. Se encontrará decenas de miles de personas corrientes que nunca salen en los periódicos, que pasan sus apuros para llegar a fin de mes, que intentan ser felices procurando estar cerca de Cristo cada día. Y que han venido a Roma para agradecer a Dios el regalo de un santo que les ha ayudado a descubrir la grandeza de su vocación cristiana.
-¿Cómo fue la batalla de Josemaría Escrivá para que la Santa Sede aceptase en el Opus Dei como cooperadores a mujeres y hombres no católicos e incluso no cristianos?
-El término «batalla» no es apropiado. La petición que presentó, en los años cuarenta, para admitir como cooperadores del Opus Dei a otros cristianos no católicos y también a no cristianos, constituía una novedad, y por eso no fue aceptada en un primer momento. Nuestro fundador no se desanimó, e insistió en su petición. Se trataba de un respetuoso forcejeo que en absoluto enturbiaba la estima recíproca entre el fundador del Opus Dei y sus interlocutores. Finalmente, ya en 1950, la Santa Sede acogió esa demanda de Josemaría Escrivá, que manifiesta su apertura, su amplitud de corazón y su respeto a la libertad de las conciencias.
-O sea, que fue «respetuoso», pero forcejeó...
-Ese episodio es significativo, porque resume la actitud de fondo del beato Josemaría en todo el proceso fundacional y, al mismo tiempo, refleja la sabia prudencia de gobierno de la Santa Sede. Monseñor Escrivá sabía que estaba planteando cuestiones nuevas, pero deseaba proceder siempre de acuerdo con el Papa y los obispos, con amor y respeto a la autoridad de la Iglesia. -En el Congreso Internacional del pasado enero con motivo del Centenario, el Gran Rabino Ángel Kreiman, vicepresidente del Consejo Mundial de las Sinagogas, explicaba que Escrivá desarrolló la teología de la Creación por Dios y de su perfeccionamiento por el hombre, central en el Antiguo Testamento. ¿Puede ser la santificación del trabajo un punto de encuentro con nuestros «hermanos mayores»?
-Conservo un grato recuerdo de mi encuentro con el Gran Rabino Ángel Kreiman, a quien testimonié mi afecto por el pueblo judío durante ese Congreso Internacional, en el que pude saludar también a varios participantes hindúes y musulmanes. Los cristianos compartimos con el pueblo judío la fe en el Dios verdadero y en la Creación, y el aprecio por el trabajo. El fundador del Opus Dei solía subrayar la importancia de unas palabras del Génesis, el primero de los libros del Antiguo Testamento: Dios colocó al hombre sobre la tierra para que la dominara con su trabajo y la hiciera rendir en beneficio suyo y de los demás. Hay muchos motivos para la estima recíproca y la colaboración.
-La biografía escrita por Vázquez de Prada cita unas notas del diario de Escrivá en las que relata el descubrimiento intensísimo de la filiación divina el 16 de octubre de 1931 mientras viajaba en un tranvía madrileño leyendo el ABC. Aquella «oración más subida», según sus notas, ¿tuvo como espoleta casual alguna de las noticias de aquel día?
-Efectivamente, el apunte indica que estaba leyendo el diario ABC, pero no precisa más. En esas notas no consta si su oración estaba o no relacionada directamente con lo que acababa de ver en esas páginas. Muchas veces recordó la oración de aquel día: aseguraba que advirtió con luz nueva esa verdad cristiana fundamental que es el amor paternal de Dios. Dios no es jamás indiferente a la suerte de los hombres. Es un Padre que, con frase de Camino, nos ama más que todas las madres del mundo juntas puedan amar a sus hijos.
-Usted habrá vivido junto al fundador otras jornadas de gran intensidad espiritual. ¿Cuáles recuerda de modo más vivo?
-Aunque no ocultaba la situación de su alma, no le gustaba hablar en detalle del trato con Dios que llenaba sus jornadas. Recuerdo que un día de noviembre de 1973 nos contaba algo que le había sucedido la víspera. Durante un momento de oración con el Señor, se había sentido movido a escribir unas palabras en latín: «Tenui eum, nec dimittam, lo tengo agarrado y no lo soltaré». Son palabras que expresaban todo su amor, sus deseos de unión con Dios y de fidelidad hasta la muerte. Y nos decía: «Llevaba yo dos días con esta comezón. No son locuciones de Dios. Son inquietudes que pone en el alma, que no descansa hasta que las descubre».
-¿Y qué gestos recuerda de modo más personal porque se refieran a usted? ¿Cómo era, de cerca, el fundador del Opus Dei?
-Yo le conocí en el año 1948. Monseñor Escrivá pasaba unos días en Madrid, y yo acudí, con otros miembros del Opus Dei, a una tertulia en la que nos habló con gran fuerza de fidelidad a la vocación cristiana que habíamos recibido de Dios. Después nos invitó a tres de nosotros a acompañarle en un viaje rápido a Segovia, donde tenía que hacer algunas gestiones. Lo recuerdo muy bien: estuvo cantando, bromeando, riendo, y también hizo consideraciones muy sobrenaturales. Aquel día me quedó muy claro que el Opus Dei es una familia, y su fundador, un padre para todos nosotros.