18.11.09

Uruguay: un nuevo diácono!

Me da mucha alegría copiar esta noticia.

El futuro padre Arturo, es el hijo mayor de una amiga, quien fue clave en mi vida, ya que ella me invitó a ir por una Residencia del Opus Dei para chicas.

Nuevo diácono uruguayo

El Cr. Arturo Bellocq Montano, uruguayo, fue uno de los 32 fieles de la Prelatura del Opus Dei que recibieron el diaconado el pasado 7 de noviembre, conferido por Mons. Javier Echevarría. La ceremonia tuvo lugar en la Basílica de San Eugenio, en Roma.

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Numerosos familiares y amigos han acompañado a los ordenandos durante la ceremonia. El Prelado ha hablado del servicio al que están llamados, y ha invitado a los presentes a rezar por las vocaciones sacerdotales, “con más insistencia en el curso de este Año Sacerdotal, pues estamos en un tiempo de gracia específica y todos estamos llamados a colaborar activamente”.

“Recemos de modo especial por estos hermanos nuestros –ha sugerido el prelado– para que sean servidores fieles del misterio de la Redención, al que hoy son llamados por un nuevo título y con una nueva responsabilidad. Hemos de proponernos que nuestra oración llegue a todos los ministros de la Iglesia, desde el Romano Pontífice al último diácono recién ordenado, a los obispos y sacerdotes del mundo entero”.

Mons. Echevarria ha evocando la figura del Santo Cura de Ars: “Aunque vuestras ocupaciones sean distintas de las suyas –ha dicho a los nuevos diáconos- el Santo Cura de Ars es siempre un modelo de santificación en el ejercicio del ministerio. Benedicto XVI recuerda cómo visitaba sistemáticamente a los enfermos y a las familias; organizaba misiones populares y fiestas patronales; recogía y administraba dinero para sus obras de caridad y para las misiones; adornaba la iglesia y la dotaba de paramentos sagrados”.

El prelado se ha referido también a otro modelo “muy accesible y cercano: San Josemaría Escrivá de Balaguer, que ha encarnado de modo egregio la figura del ministro sagrado. Meditad una vez más —tratemos todos de hacerlo— en sus enseñanzas y en tantos detalles de su vida; de este modo lograremos ser mejores fieles seguidores del Divino Maestro”.

El diácono uruguayo, Arturo Bellocq Montano, con sus padres y uno de sus hermanos:

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Los nuevos diáconos son:

Antonio Serrano Gotarredona (España);
José Juan Sánchez González-Dans (España);
Francisco Javier Pizarro Jiménez (España);
Julio Alberto Lagos (Canadá);
Fernando Ángel Cassol Zanchetta (Argentina);
Joan Fernández Capo (España);
Pedro Matías Rivas (Panamá);
Emilio Ángel Vázquez Gestal (España);
Jordi Valentí Azcárate (España);
Miguel de Castro Caldas Cabral (Portugal);
Cristián Sahli Lecaros (Chile);
José María Azevedo Moreira (Portugal);
Rodrigo Schablatura Antunes (Brasil);
Óscar Regojo Zapata (España);
James Patrick Hurley (Irlanda);
Juan Miguel Rodríguez Llamas (Ecuador);
Fernando Armas Faris (Guatemala);
Elías Capapé González (España);
Agustín Stevenazzi (Argentina);
Pedro López Martín (España);
Luciano Guimarães (Brasil);
Anthony Griffin (Canadá);
Antonio Alonso López (España);
Juan Pablo Wong González (México);
Rubén Herce Fernández (España);
Arturo José Bellocq Montano (Uruguay);
Álvaro Ignacio Palacios Díez (Chile);
Francisco Javier Yániz Fernández (España);
Alberto Garnique de la Barrera (Perú);
Felipe de Jesús Álvarez Miranda (México);
Mesomma Basil Isiekwe (Nigeria);
y Jorge Federico Herrera Gabler (Chile).

Recemos por el futuro padre Arturo y todos, y para que se multipliquen en todo el mundo las vocaciones sacerdotales del Opus Dei y de todos los carismas de la Iglesia!


17.11.09

El prelado del Opus Dei visitará Córdoba este mes


El Obispo Prelado del Opus Dei, don Javier Echevarría, estará en Córdoba unos pocos días, este mes. Pincha en la siguiente noticia:


http://www.abcdesevilla.es/20091107/cor ... 91107.html

Aparte de los actos oficiales comentados en ese artículo, habrá varias tertulias, siendo la tertulia general en el campo de fútbol del Colegio Ahlzahir, a las 12:00 del sábado 21-N, si no llueve... Si llueve se harán dos grupos para tenerlas dentro del gimnasio cubierto. Parece ser que estará con nosotros hasta el día 22.

Si quieres conocer algo más sobre la labor del Opus Dei en Córdoba --vídeos y entrevistas a cordobeses-- pincha aquí:
http://www.conelpapa.com/quepersigue/op ... ordoba.htm

Saludos cordiales.

12.11.09

Carta del Prelado (noviembre 2009)

El año sacerdotal ayuda a recordar que todos los cristianos tienen que acercar, con sus propias vidas, a Jesucristo a los demás. Este es el tema central de la carta pastoral del Prelado del Opus Dei.


06 de noviembre de 2009


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Al comenzar el mes de noviembre del Año sacerdotal, me gusta pensar que está enmarcado por dos fiestas litúrgicas en las que se pone de relieve el carácter sacerdotal del Pueblo de Dios: la solemnidad de Todos los Santos y la de Cristo Rey. En la primera, que celebramos hoy, se muestra el sacerdocio de Cristo en sus miembros, los cristianos; en la segunda, el día 22, se manifiesta que nuestra Cabeza, Jesucristo, es Sacerdote eterno y Rey del universo[1], que con su venida gloriosa al final de los tiempos tomará posesión de su Reino y lo entregará a Dios Padre[2].

Las dos solemnidades invitan a reflexionar sobre la dignidad de la vocación cristiana. San Pedro, en su primera epístola, nos dice a los bautizados las siguientes palabras: vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad, para que pregonéis las maravillas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su admirable luz: los que un tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que antes no habíais alcanzado misericordia, ahora habéis alcanzado misericordia[3]. El Príncipe de los Apóstoles afirma que Dios, al hacernos hijos suyos por la gracia del Espíritu Santo, nos ha insertado en el nuevo Pueblo de Dios —la Iglesia— al que se pertenece no por la descendencia de la carne, sino por la incorporación a Jesucristo. En virtud de tan increíble elección, gratuita e inmerecida —¡partícipes del sacerdocio de Cristo!—, se nos invita a anunciar las maravillas divinas con el ejemplo, con la palabra y con las obras.

Admiremos la bondad de Dios Padre y démosle gracias. No se contentó con enviar a su Hijo al mundo para salvarnos, sino que ha querido que la Redención llegue a todos los hombres, hasta el fin de los tiempos, sirviéndose de la Iglesia, que es Cuerpo de Cristo y presencia salvífica del Señor en el espacio y en el tiempo. San Agustín afirmaba que «así como llamamos cristianos a todos [los bautizados], en virtud del único crisma, así también llamamos a todos sacerdotes, porque son miembros del único Sacerdote»[4]. Nuestro Padre meditó mucho en este don tan grande e impulsaba a que todos tuviésemos los mismos sentimientos de Cristo[5]; por eso hemos de pensar: ¿hasta qué punto me empeño en asimilar esta riqueza?

La llamada universal a la santidad y al apostolado proviene, como de su raíz, del carácter bautismal. El sacerdocio común precede al sacerdocio ministerial, y este último se pone al servicio de aquel. Sin la regeneración del Bautismo no podría haber ministros sagrados, pues este sacramento abre la puerta a todos los demás; y sin sacerdocio ministerial, mediante el que la Iglesia anuncia a los hombres la doctrina de Cristo, los incorpora a su vida con los sacramentos —especialmente con la Eucaristía— y los guía hacia el Cielo, no podríamos progresar en el camino de la santidad. «El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo»[6].

El Santo Cura de Ars expresaba con viveza la necesidad del sacerdocio ministerial. Benedicto XVI, en la carta con motivo del Año sacerdotal, recoge algunas expresiones del santo: «Sin el sacerdote —señalaba—, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra... ¿De que nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del Cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes... El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros»[7]. ¿Cómo rezamos a diario, con auténtica fe, para que no falten sacerdotes santos? ¿Suplicamos al Dueño de la mies, como exigencia de nuestra condición de cristianos, que envíe trabajadores a su campo, en número suficiente para atender las abundantes necesidades del mundo entero?

Pero volvamos a la liturgia de hoy, que subraya el carácter sacerdotal del Pueblo de Dios. En una visión impresionante, el Apocalipsis nos muestra una gran multitud que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos con túnicas blancas, y con palmas en las manos, que gritaban con fuerte voz: ¡la salvación viene de nuestro Dios, que se sienta sobre el trono, y del Cordero![8]. Esa muchedumbre de personas que se postran en adoración delante de la Santísima Trinidad, en unión con los ángeles, son los santos: unos conocidos, la mayor parte desconocidos. Se ve ahí al Pueblo de Dios en su etapa final, que comprende los santos del Antiguo Testamento, desde el justo Abel y el fiel patriarca Abraham, los del Nuevo Testamento, los numerosos mártires del inicio del cristianismo y los beatos y santos de los siglos sucesivos, hasta los testigos de Cristo de nuestro tiempo. A todos los une la voluntad de encarnar en su vida el Evangelio, bajo el impulso del eterno animador del Pueblo de Dios, que es el Espíritu Santo[9].

Tanto el sacerdocio ministerial como el sacerdocio común son para santificar a los hombres. Los ministros sagrados, configurados con Cristo Cabeza de la Iglesia, lo ejercitan predicando la Palabra de Dios, administrando los sacramentos y siendo pastores que guían a los fieles hacia la vida eterna, como instrumentos visibles del Sumo y Eterno Sacerdote. Pero también los fieles laicos, en virtud del sacerdocio real, participan a su modo en ese triple oficio de Cristo Sacerdote. San Josemaría explicaba que todos los cristianos, sin excepción, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 Pe 2, 5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre[10].

No se precisa ningún encargo especial de la autoridad de la Iglesia, para sentirse urgidos a participar en la misión salvífica. Apóstol es el cristiano que se siente injertado en Cristo, identificado con Cristo, por el Bautismo; habilitado para luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a servir a Dios con su acción en el mundo, por el sacerdocio común de los fieles, que confiere una cierta participación en el sacerdocio de Cristo, que —siendo esencialmente distinta de aquella que constituye el sacerdocio ministerial— capacita para tomar parte en el culto de la Iglesia, y para ayudar a los hombres en su camino hacia Dios, con el testimonio de la palabra y del ejemplo, con la oración y con la expiación[11]. Detengámonos con frecuencia en lo que significa esta condición del cristiano, porque hemos de ser portadores de Cristo a la humanidad, y portadores de la humanidad a Cristo.

En el curso del Año sacerdotal, además de pedir por la santidad de los sacerdotes, hemos de rezar por la santidad de todo el pueblo cristiano. Si hay familias que educan a los hijos en el amor de Dios, con su ejemplo de vida cristiana; si hay hombres y mujeres que buscan seriamente a Jesucristo en las circunstancias de la existencia ordinaria, habrá muchos jóvenes que se sentirán llamados por el Señor al sacerdocio ministerial. En estos meses se nos ofrece una nueva ocasión para que todos tomemos más conciencia de la vocación universal a la santidad y al apostolado, y para esmerarnos en seguir decididamente esa llamada, sin medianías, sin dejarnos dominar por los estados de ánimo. ¿Cómo y hasta qué punto nos influyen el cansancio, las contradicciones, los fracasos? ¿Perdemos la paz fácilmente y no nos refugiamos en Dios? ¿Consideramos que la Cruz es fundamento y corona de la Iglesia?

San Josemaría recibió especiales luces divinas para enseñar cómo se puede servir a la extensión del Reino de Dios a través de las actividades temporales. El mismo día de su tránsito de este mundo, recordaba a un grupo de mujeres, fieles del Opus Dei, que también ellas —como todos los cristianos— tenían alma sacerdotal. Muchos años antes había escrito: en todo y siempre hemos de tener —tanto los sacerdotes como los seglares— alma verdaderamente sacerdotal y mentalidad plenamente laical, para que podamos entender y ejercitar en nuestra vida personal aquella libertad de que gozamos en la esfera de la Iglesia y en las cosas temporales, considerándonos a un tiempo ciudadanos de la ciudad de Dios (cfr. Ef 2, 19) y de la ciudad de los hombres[12].

El alma sacerdotal conduce a los bautizados —insisto— a tener los mismos sentimientos de Cristo, con hambres de unirse cada día a Él en la Santa Misa y a lo largo de la jornada. El espíritu sacerdotal impulsa a crecer en la ambición santa de servir, con dedicación sincera y concreta por el bien espiritual y material de nuestros semejantes; anima a cultivar un serio afán de almas, con el deseo vehemente de ser corredentores con Cristo, unidos a la Virgen Santísima y filialmente pegados al Romano Pontífice; mueve a mostrarse dispuestos a reparar por los pecados, los propios de cada uno y los de los hombres todos... En definitiva, a amar a Dios y al prójimo sin decir nunca basta en el servicio de la Iglesia y de las almas. San Josemaría lo resumía así: con esa alma sacerdotal, que pido al Señor para todos vosotros, debéis procurar que, en medio de las ocupaciones ordinarias, vuestra vida entera se convierta en una continua alabanza a Dios: oración y reparación constantes, petición y sacrificio por todos los hombres. Y todo esto, en íntima y asidua unión con Cristo Jesús, en el Santo Sacrificio del Altar[13].

En la Santa Misa adquieren nuestras obras valor de eternidad. En esos momentos, con vigorosa intensidad, el cristiano se vuelve plenamente consciente de su compromiso de colaborar con Jesús en la santificación de las realidades humanas, mediante el ofrecimiento de su vida y de toda su actividad. «Altare Dei est cor nostrum»[14], decía San Gregorio Magno; altar de Dios es nuestro corazón. Hemos de servirle no sólo en el altar, sino en el mundo entero, que es altar para nosotros. Todas las obras de los hombres se hacen como en un altar, y cada uno de vosotros, en esa unión de almas contemplativas que es vuestra jornada, dice de algún modo su misa, que dura veinticuatro horas, en espera de la misa siguiente, que durará otras veinticuatro horas, y así hasta el fin de nuestra vida[15].

Además, como manifestación de su participación en el oficio profético de Jesucristo, todos los fieles han de esforzarse por comunicar a otros las enseñanzas divinas. Ciertamente caben muchas maneras de participar en la misión evangelizadora de la Iglesia; en cualquier caso, en la base de cualquier labor apostólica se encuentra siempre el mandato de Jesús a todos los cristianos: id y haced discípulos a todos los pueblos (...) enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado[16].

De igual modo, la participación en el oficio real de Cristo alienta a los cristianos a santificar las realidades terrenas; los laicos, en concreto, mediante su empeño por ordenar según la Voluntad de Dios los asuntos temporales[17], actuando en el mundo a modo de fermento[18] para poner a Cristo en la cumbre de todas sus actividades. «El sacerdocio común que hemos recibido en el Bautismo —explicaba don Álvaro siguiendo la doctrina de San Josemaría— es real, regio (cfr. 1 Pe 2, 9), porque al ofrecer a Dios lo que somos y tenemos, y al ofrecerle todas las actividades humanas nobles realizadas según el querer divino, somos reino de Cristo y reinamos con Él»[19].

Como parte de la misión específica que Dios le había confiado, San Josemaría enseñó que una característica esencial del modo de hacer presente el sacerdocio de Cristo según el espíritu del Opus Dei, tanto por parte de los ministros sagrados como de los fieles laicos, es la mentalidad laical propia de su condición secular y de su situación en el mundo. De este modo, sacerdotes y seglares colaborarán en el cumplimiento de la única misión de la Iglesia, cada uno según los dones recibidos, respetando la situación específica de cada uno. Los laicos ejercen su misión en el seno de las estructuras temporales, tratando de animarlas con el espíritu de Cristo; los sacerdotes sirven a los demás mediante la predicación de la Palabra divina y la administración de los sacramentos. Esto favorece, como escribe San Josemaría, que los clérigos no atropellen a los laicos, ni los laicos a los clérigos; que no haya clérigos que se quieran entrometer en las cosas de los laicos, ni laicos que se entrometan en lo que es propio de los clérigos[20].

El próximo 28 de noviembre se cumple un nuevo aniversario de la erección del Opus Dei en prelatura personal. Demos gracias a Dios y esforcémonos por difundir el profundo significado teológico y espiritual de la cooperación orgánica de sacerdotes y seglares en el Opus Dei, para participar en la misión de la Iglesia; sobre todo, con el testimonio de una vida cristiana coherente, permaneciendo cada uno —como dice el Apóstol— en la vocación en que fue llamado[21]: siendo sacerdotes o laicos al cien por cien. De este modo serviremos con eficacia a la Iglesia, como siempre hemos procurado realizar; con más motivo ahora que muchos confunden el laicismo —que intenta arrojar a Dios de las estructuras seculares— con la laicidad; y fomentaremos el sano espíritu laical, al que se ha referido el Romano Pontífice en varias ocasiones[22].

Dentro de unos días, el 7 de noviembre, ordenaré diáconos a 32 fieles del Opus Dei. Roguemos al Señor para que sean buenos y santos ministros suyos, y prosigamos rezando por la Persona e intenciones del Romano Pontífice, por sus colaboradores, por los sacerdotes y diáconos, por los candidatos al sacerdocio del mundo entero. Recordaremos también el día en que la Virgen hizo la caricia a nuestro Padre de que encontrara la "rosa" en Rialp: acudamos a nuestra Madre Santísima, para que nos consiga de Dios la "rosa" perfumada de la fidelidad. Contamos también con la ayuda de todos los que nos han precedido; en las semanas de este mes hagamos más fuerte, con nuestra oración y nuestros sufragios, la unidad de la Iglesia triunfante, purgante y militante.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de noviembre de 2009

[1] Misal Romano, Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo, Prefacio.

[2] Cfr. 1 Cor 15, 24.

[3] 1 Pe 2, 9-10.

[4] San Agustín, La Ciudad de Dios XX, 10 (CCL 48, 720).

[5] Cfr. Flp 2, 5.

[6] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 10.

[7] San Juan María Vianney; cit. por Benedicto XVI en Carta a los sacerdotes, 16-VI-2009.

[8] Ap 7, 9-10

[9] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de Todos los Santos, 1-XI-2006.

[10] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 96.

[11] Ibid., n. 120.

[12] San Josemaría, Carta 2-II-1945, n. 1.

[13] San Josemaría, Carta 28-III-1955, n. 4.

[14] San Gregorio Magno, Moralia 25, 7, 15 (PL 76, 328).

[15] San Josemaría, Notas de una meditación, 19-III-1968.

[16] Mt 28, 19-20.

[17] Cfr. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[18] Cfr. Concilio Vaticano II, decr. Apostolicam actuositatem, n. 2.

[19] Mons. Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 9-I-1993, n. 11.

[20] San Josemaría, Carta 19-III-1954, n. 21.

[21] 1 Cor 7, 20.

[22] Cfr. Benedicto XVI, Discursos del 18-V-2006 y del 11-VI-2007.

6.11.09

Homilía del Prelado del 10 de octubre

Homilía del prelado del Opus Dei en la última misa de acción de gracias por la canonización de Josemaría Escrivá. La ceremonia tuvo lugar en la basílica romana de san Eugenio la tarde del 10 de octubre.

10 de octubre de 2002

Basílica de san Eugenio, Roma, 10-X-2002

Mons. Echevarría durante la homilía.

Están a punto de concluir las inolvidables jornadas de la canonización de san Josemaría Escrivá. Dentro de unos momentos, sus venerados restos mortales serán trasladados de nuevo a la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, después de que han sido expuestos a la veneración de los fieles durante ocho días en esta basílica de San Eugenio. Enseguida comenzará la diáspora —ya dio inicio, para muchos, inmediatamente después de la canonización—, y todos volveremos a nuestros quehaceres habituales: a la vida ordinaria, que es la palestra de nuestra lucha por alcanzar la santidad.

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27.10.09

La canonización de Escrivá de Balaguer: entrevista al prelado del Opus Dei

Entrevista con mons. Javier Echevarría publicada por MISNA (Missionary Service News Agenzy), una agencia de noticias especializada en información sobre el sur del mundo y que tiene como fuente privilegiada los miles de misioneros diseminados en esos países. El prelado del Opus Dei comenta que “será numerosa y significativa la presencia del sur del mundo” en la canonización de Josemaría Escrivá.

03 de octubre de 2002
Federico Mandillo // MISNA

África es conocida sobretodo por sus grandes tragedias humanas, de los millones de prófugos a la gran difusión del SIDA, a las guerras interminables, en particular en las zonas tropicales. ¿Qué iniciativas promueve el Opus Dei, que celebra dentro de poco la canonización de su fundador, en bien de la juventud y con el objeto de abrir cauce a nuevas esperanzas en los países africanos con más problemas? ¿Cuáles han sido directamente impulsadas por su fundador, Escrivá de Balaguer, especialmente para el desarrollo de un laicado responsable?¿Cómo se estimula la solidaridad entre el norte y el sur del planeta?

La labor más importante de la Prelatura es la que desarrolla personalmente cada uno de sus fieles, con libertad y responsabilidad, en su propio ambiente y de acuerdo con sus posibilidades. Los fieles africanos del Opus Dei, que gracias a Dios son ya varios miles, se esfuerzan en primer lugar —como los asiáticos, los americanos, los europeos o los de Oceanía— por vivir su fe con coherencia. Y ese empeño personal les empuja a promover, codo con codo con sus colegas y amigos, proyectos encaminados a resolver las necesidades materiales y espirituales de sus pueblos. Sufren ante los problemas del SIDA, de la pobreza, de las rivalidades tribales, y procuran hacer todo lo posible por erradicarlos. Como cristianos, se sienten llamados precisamente a santificarse en medio del mundo, de ese mundo concreto de África, con sus luces y sus sombras.

Además de este empeño de cada uno, la prelatura del Opus Dei promueve en África numerosas iniciativas, principalmente en los ámbitos educativo y sanitario: hospitales, universidades, colegios, centros de formación profesional para la mujer.

Desde 1957, un buen número de fieles del Opus Dei procedentes de muchos países han querido trasladarse a África, para ejercer allí su trabajo profesional y servir a sus conciudadanos como médicos, veterinarios, enfermeras, maestros, ingenieros agrónomos. Ellos y ellas han dado a conocer el espíritu que anima el Opus Dei, la santificación del trabajo profesional. Hoy día son muchos los africanos que sirven a sus conciudadanos de este modo. Porque, a mi modo de ver, es la labor profesional y apostólica de los propios africanos, no la de quienes vienen de fuera, la medida auténtica de las esperanzas de un continente donde los horizontes son tan amplios y prometedores, si se trabaja a fondo.

Quisiera añadir que África puede aportar mucho a Europa con su apertura a la trascendencia, con la alegría que los africanos demuestran en la vida cotidiana, también en las dificultades, con su capacidad de comunicación y su estima hacia los buenos valores de la familia y de la amistad, con el señorío que saben mostrar como reflejo de la dignidad humana, con su modo de vivir el tiempo.

Como prelado del Opus Dei, usted trabaja según las líneas trazadas por el fundador y por su primer sucesor. ¿Qué iniciativas puede señalarnos, sobre todo en los países misioneros y en particular en el Sur del planeta, que hayan abierto nuevas oportunidades en los últimos decenios? ¿Qué criterios inspiran estas iniciativas? ¿Podría hacer un balance de las iniciativas más desarrolladas?

Como repetía Mons. Escrivá de Balaguer, todo el mundo es tierra de misión; por eso, en todos los lugares la Iglesia está llamada a una intensa actividad apostólica. En África, de entre las iniciativas que los fieles del Opus Dei han puesto en marcha —junto con otras muchas personas, también no cristianas— en estos cuarenta y cinco años de presencia en el continente, mencionaría el Centro Médico Monkole, en Kinshasa, un hospital que lleva a cabo una gran labor sanitaria entre personas que carecen hasta de lo más elemental y que tiene ya varias extensiones en el Congo. Quisiera también referirme a la Lagos Business School, en Nigeria, dedicada a la formación de empresarios africanos, a los que procura dar buena preparación en gestión empresarial, a la vez que fomenta su preocupación por las necesidades de la comunidad. Porque para impulsar el desarrollo y para combatir la pobreza y la corrupción se necesita una buena formación moral, también en la doctrina social de la Iglesia, y una sólida formación empresarial.

En este momento, en la vigilia de la canonización, no puedo dejar de mencionar el proyecto Harambee 2002, un fondo destinado a apoyar programas educativos en África, que se ha creado con donativos de los fieles que asistirán a la canonización de Josemaría Escrivá y de todas las personas y entidades que quieran colaborar. Harambee 2002 es un recordatorio de esa ideas fundamentales, a las que ya me he referido: lo importante son las personas; y en este caso los africanos, que han de ser los artífices del progreso en África. Por ese motivo, la educación se convierte en un elemento imprescindible del desarrollo, pues abre las puertas al trabajo y al progreso, tanto material como espiritual. La educación es un modo, si me permite la expresión, de sembrar esperanza. El proyecto Harambee 2002 quiere aportar un grano de arena en ese empeño colectivo.

En este contexto, me parece de justicia que recordemos todos con agradecimiento a los miles de misioneros y misioneras que desde hace siglos se han dedicado generosamente a actividades educativas, gastando su vida entera al servicio de los demás. ¡Cómo quieren a África, y cómo los quieren los africanos!


¿Cómo será la presencia del sur del mundo en la canonización del 6 de octubre? ¿Con qué características?

Me da mucha alegría decir que será numerosa y significativa la presencia del sur del mundo. Vienen a Roma personas de 84 países. También muchos de África, después de grandes esfuerzos y sacrificios. Sé de personas que llevan mucho tiempo ahorrando para poder pagar el viaje. No faltarán varios coros africanos en la plaza de San Pedro el 6 de octubre.

Pero la mayor parte de las personas de los países del sur que querrían viajar, en realidad no pueden. Por eso, el Comité Organizador de la Canonización está trabajando con particular ilusión a favor de los que no podrán venir. Gracias a la ayuda inestimable del Vaticano, de las instituciones italianas, y de todos los medios de comunicación, en muchos países del mundo millones de personas podrán seguir la ceremonia por televisión, radio e internet. Aprovecho esta ocasión para agradecer, de todo corazón, esa ayuda generosa de tantas personas, también de parte de quienes están lejos y no tendrán oportunidad de hacer llegar su agradecimiento. Es imposible mencionar aquí a todos, porque la lista sería demasiado larga. Pero puedo asegurar que rezo por cada uno.

19.10.09

El Prelado del Opus Dei, en Barbastro

Mons. Javier Echevarría visitó Barbastro con motivo del homenaje que la ciudad natal de Josemaría Escrivá rindió a su hijo predilecto y visitó la exposición sobre el beato instalada en la UNED. Artículo publicado en Diario de Altoaragón.

31 de agosto de 2002
Ángel Huguet


El prelado del Opus Dei, monseñor Javier Echevarría, participó en el acto conmemorativo del centenario del beato Josemaría Escrivá, celebrado en el Salón de Plenos del Ayuntamiento y más tarde visitó la Exposición sobre el centenario, instalada en la Sala Francisco Zueras, de la UNED. Con motivo de su primera visita oficial, firmó en el Libro de Oro, en cuyas páginas dejó constancia de su testimonio de admiración a la ciudad natal del beato.

Al acto celebrado por el Ayuntamiento asistieron Antonio Cosculluela alcalde de Barbastro; Javier Callizo, consejero de Cultura y Turismo; Felipe Petriz, Rector de la Universidad de Zaragoza -en la que el beato fue alumno-; Juan José Omella, Obispo de la Diócesis; Fernando Ocáriz, Vicario General del Opus Dei; Tomás Gutiérrez, Vicario Regional y otros directores de la Prelatura; José Joaquín Sancho Dronda, presidente del Patronato de Torreciudad; concejales del Ayuntamiento, diputados, alcaldes de la comarca y numeroso público que abarrotó el salón.

“Recuerdo perfectamente el 25 de mayo de 1975 cuando estuve con el beato Josemaría en este mismo salón porque aquel acto se transformó en un homenaje a Dios y en un servicio a las almas”, manifestó el Prelado en breves declaraciones a Diario del Altoaragón, tras disfrutar de su “reencuentro emotivo” con la historia, en el lugar donde Josemaría Escrivá recibió la Medalla de Oro de Barbastro.

“He seguido las huellas de quien sirvió a la Iglesia y al mundo entero, sin olvidarse nunca de la gente de su tierra”, señaló monseñor Echevarria, quien subrayó “una inmensa emoción personal ante la próxima canonización del beato de quien los barbastrenses deben estar muy orgullosos porque en él siempre encontrarán un buen refugio”.

La jornada estuvo marcada por un claro sentimiento de afecto hacia el beato, expresado en su sucesor, quien revivió aquella jornada del 25 de mayo de 1975, de grato recuerdo para muchos barbastrenses y miembros de la Corporación Municipal que concedió la Medalla de Oro al barbastrense “más universal”.

Monseñor Echevarría recordó en su intervención ante el público que “Josemaría Escrivá vivió profundamente unido a su tierra de origen, volvía su memoria con frecuencia a las raíces y a los ambientes en los que creció y en los que maduró su personalidad”.

En su discurso citó muchas referencias cotidianas de Barbastro y “emocionados recuerdos”, entre ellos sus abundantes cartas al alcalde de la ciudad a quien reiteraba su condición de “muy barbastrino y trato de ser buen hijo de mis padres, que nos inculcaron con la fe y la piedad, tanto cariño a las riveras del Vero y del Cinca”.

Al mismo tiempo, hubo un recuerdo muy especial sobre la última estancia del Fundador del Opus Dei en Barbastro, “cuando ya su salud estaba muy quebrantada aunque los que participamos en aquella ceremonia fuimos testigos de su conmoción tan lógica y humana y de la emoción provocada por vuestro sincero afecto”.

“Barbastrense universal”

Antonio Cosculluela destacó del beato, “fue persona que conservó siempre el orgullo de sentirse barbastrense por los cuatro costados y supo demostrar con obras el cariño por su tierra”.

Para el alcalde no hay duda sobre la universalidad del beato, “somos conscientes de que a través de la figura de Escrivá, el nombre de Barbastro es conocido por todo el mundo y tenemos el convencimiento de que el número de personas que se acercan a conocer las calles, plazas, iglesias monumentos que fueron el marco de su niñez y primera adolescencia, se incrementará con el tiempo, constituyendo así una fuente de desarrollo y de progreso para nuestra ciudad y comarca”.

El consejero Javier Callizo se refirió al beato como “uno de los aragoneses más universales del siglo que hemos pasado”, destacó algunas facetas de su obra, “desde el concepto de la santificación por el trabajo” y subrayó “el mensaje moderno de este gran barbastrense, de quien disfrutamos el privilegio de una de sus obras, Torreciudad, uno de los grandes hitos del turismo religioso en Europa”. Por último, subrayó “la gran sensibilidad de Barbastro hacia su ilustre paisano”.

En la Plaza de la Constitución, ante la puerta del Ayuntamiento, un grupo de integrantes de la Agrupación Folklórica “Ciudad de Barbastro”, con Elita Davias, cantó dos jotas alusivas y bailó ante las autoridades e invitados, con motivo de la presencia de monseñor Echevarría, quien más tarde se dirigió a la UNED para visitar con detenimiento la exposición sobre el Centenario.

16.10.09

El prelado del Opus Dei bendijo la escultura del beato Josemaría Escrivá

Mons. Echevarría destacó las figuras del Fundador de la Universidad de Navarra y de su primer sucesor, Mons. Del Portillo.



02 de julio de 2001
www.unav.es // Fotos: Manuel Castells

Mons. Echevarría en el momento de la bendición

Alrededor de un millar de personas de la comunidad universitaria asistió el sábado a la bendición de la escultura del beato Josemaría Escrivá ubicada en el patio del edificio Central de la Universidad de Navarra. Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei y gran canciller del centro universitario, presidió la ceremonia.

Las primeras palabras de su homilía fueron de recuerdo y agradecimiento para Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del beato Josemaría. Destacó la fidelidad al fundador del Opus Dei de quien, "teniendo una personalidad señera, supo poner toda su vida al servicio de Dios, precisamente sirviendo al beato Josemaría. Nunca pagaremos suficientemente a este hombre de Dios lo que ha hecho por nosotros". "Aquí tenía que estar ahora con pleno derecho don Álvaro", subrayó.

Al acto asistieron alrededor de mil personas


Trabajo universitario y justicia social

El prelado del Opus Dei continuó glosando palabras del Fundador en Pamplona con motivo de la investidura de doctores honoris causa de 1972: "La Universidad no vive de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres... Al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa".

Mons. Echevarría invitó a los presentes a mantenerse "en vanguardia, pensando que sólo una cultura que ponga a Dios como punto fundamental de referencia trascendente será una cultura que se desarrolle a favor del hombre, de todos los hombres, y particularmente de todos los necesitados; y será entonces una cultura que no vaya contra el hombre como sucede, y lo vemos, si se prescinde del Creador o se le margina".

Las primeras palabras del prelado del Opus Dei fueron de recuerdo y agradecimiento para Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del beato Josemaría

Para que la Universidad de Navarra sirva a la sociedad "con el espíritu y el talante que le inculcó su Fundador, resulta necesario que todos luchemos cada día por la santidad, como nos insiste Juan Pablo II, en estos albores del nuevo milenio: Hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral, que nos atañe a todos".

El prelado del Opus Dei recordó unas palabras del Fundador dirigidas al Dr. Eduardo Ortiz de Landázuri -cuyo proceso de canonización está en marcha- "cuando este insigne hombre de ciencia le comentó que ya había cumplido el encargo de hacer la Universidad de Navarra. La respuesta del beato Josemaría fue viva e instantánea: No te he pedido que hagas una Universidad, sino que te hagas santo haciendo una Universidad, y esto sigue siendo válido para todos los que aquí intervenimos de alguna manera".

La escultura del beato Josemaría es obra de Francisco López Hernández. De 2,4 metros de altura y 400 kilos, ha sido elaborada mediante la técnica del fundido en bronce a cera perdida. La parte musical de la ceremonia de bendición corrió a cargo del Coro de la Universidad de Navarra, dirigido por Fernando Sesma.

9.10.09

Redescubrir el amor misericordioso de Cristo


Mons. Javier Echevarría (prelado del Opus Dei)// L'Osservatore Romano (Roma)

Tres años pudieron convivir los Apóstoles con Jesucristo. Tres años que representaron para todos ellos, salvo para el que le traicionó, una transformación radical de sus vidas. La cercanía al Maestro, la posibilidad de contemplar su ejemplo y de escuchar su doctrina, la amistad personal con Jesús, que les enseñaba a tratar como hijos a Dios Padre, y finalmente el envío del Espíritu Santo, hizo de ellos otros hombres.

Al pensar en los tres años de preparación del Jubileo vienen con frecuencia a mi cabeza aquellos tres años que los Apóstoles pasaron junto a Jesús: con la gracia de Dios, este trienio puede ser para nosotros una oportunidad semejante, si procuramos buscar la cercanía, la amistad, el seguimiento de Jesucristo.

Porque, en definitiva, así cabría resumir la invitación que Juan Pablo II nos dirige en la Tertio Millennio Adveniente: aprovechemos esta gran ocasión de acercarnos a Jesucristo, Verbo de Dios y Redentor del hombre, al conmemorar su Encarnación y Nacimiento. Me gusta recordar a este propósito que el Beato Josemaría Escrivá solía repetir Jesucristo «no es una figura que pasó, no es un recuerdo que se pierde en la historia», sino una Persona viva y siempre actual.

La ayuda de la gracia

Desea el Papa concretamente que dediquemos a Jesucristo el año 1997, primero de la fase de preparación del Jubileo (cfr. Tertio Millennio adveniente, n. 40). Y ha querido el Santo Padre recordarnos que ser cristiano no significa simplemente seguir una doctrina, atenerse a unas determinadas normas de comportamiento. El cristiano sigue a Jesucristo, intenta conocerle y amarle. Lo resume San Pablo con una expresión que posee la radicalidad propia del auténtico testigo: «Sólo importa una cosa: que llevéis una vida digna del Evangelio de Jesucristo» (Fil 1, 27).

Reproducir en nuestra vida la vida de Jesucristo, ése es el ideal de los cristianos: sabemos que es una meta que nos excede, que va más allá de nuestras fuerzas, que no guarda relación con nuestros méritos; pero «nos basta la gracia» (cfr. 2 Cor 12, 9) y no renunciamos a alcanzarla.

Todo esfuerzo por seguir a Cristo, por imitarle, por identificarse con El, es vano si no cuenta con la gracia de Dios. Como consecuencia del pecado, el hombre arrastra una naturaleza herida, y se unen en su corazón grandes ideales y tendencias mezquinas. No somos pesimistas al recordar estas verdades. Los cristianos somos los más optimistas entre los hombres, porque conocemos la fuerza de la gracia y de la misericordia de Dios, pero no somos ingenuos, nos sabemos pecadores.

De la conciencia de la propia limitación nace, espontánea, la humildad y brota, de forma natural, la necesidad de buscar la ayuda de Dios. Por eso, la vida cristiana precisa una asidua y constante meditación de la Sagrada Escritura -especialmente del Nuevo Testamento-, en la oración personal. Requiere espíritu de mortificación y el encuentro con Cristo en el Sacramento de la Penitencia, que nos lava y purifica. Y exige, sobre todo, el trato íntimo con nuestro Señor verdaderamente presente -¡vivo!- en la Sagrada Eucaristía. El dinamismo de la vida cristiana se configura como respuesta libre y generosa del hombre a los impulsos que le llegan del Espíritu Santo.

En la acción de la gracia en el alma, en la presencia del Espíritu Santo en la historia, confiamos los cristianos. Ese es el motivo de esperanza, que permitía exclamar a San Agustín: «Vivamos bien (cristianamente) y los tiempos serán buenos. Nosotros somos los tiempos. Tal como nosotros somos, así son los tiempos» (Sermo, 80, 8).

La celebración del año 2000 está inseparablemente unida al gran tema de la evangelización. Quizá nos hemos planteado en ocasiones alguna de estas preguntas: ¿por qué no es más fecunda la tarea evangelizadora? ¿Por qué no acertamos a presentar a los no creyentes una propuesta que sea capaz de convencer? ¿Por qué, después de dos milenios, tantos desconocen a Jesucristo? ¿Por qué no es más positivo el balance de estos veinte siglos?

«No habría un solo pagano si nosotros fuésemos verdaderamente cristianos». Tal vez estas palabras de San Juan Crisóstomo (In epistolam I ad Timotheum homiliae, 10, 3), no contienen todas las respuestas posibles a las inquietudes que acabamos de señalar. Pero resumen de forma admirable la responsabilidad apostólica de los católicos. Ser verdaderamente cristianos, procurar identificarse con Jesús, significa ser Cristo que pasa. No se conforma el cristiano con ser honrado y cumplidor, pero insípido en el trabajo y en las relaciones familiares y sociales. Con la gracia del Espíritu Santo, toda nuestra conducta ha de hacer presente a Cristo entre los hombres.

Desde esa perspectiva, podríamos volver del revés las preguntas que antes formulábamos; es más, considero que, en justicia, deberíamos plantearnos interrogantes de este otro tenor: ¿Pueden las personas con las que convivimos descubrir con facilidad a Cristo en nosotros, o deben esforzarse para reconocerle en nuestro comportamiento, porque lo escondemos con actitudes de pereza, de egoísmo, de mal carácter? ¿Somos para los demás luz, consuelo, descanso, estímulo, ayuda? ¿Nuestros colegas de estudio o de trabajo reciben de nosotros la luz de Cristo, su comprensión y su exigencia?

Estas preguntas y otras similares pueden comparecer en la intimidad de la oración, porque nos ayudan a realizar una labor de examen de conciencia, que desemboca en resoluciones concretas, coherentes, comprometidas. Propósitos que nos ayudarán a sentirnos responsables de esta época que nos ha tocado vivir. En este mundo nuestro, los cristianos hemos de seguir siendo fermento, no tanto como maestros cuanto como testigos, plenamente inmersos en todas las realidades nobles, las profesiones, los ideales, los afanes y preocupaciones de los demás ciudadanos, con los que deseamos construir la sociedad y la cultura.

El Padre del hijo pródigo

La Tertio Millennio Adveniente nos ofrece una hermosa meditación de la parábola del hijo pródigo, que simboliza el camino de conversión al que están llamados todos los cristianos. La meditación de esas páginas del Evangelio (cfr. Lc 15, 11-32), nos llena de admiración agradecida ante el inmenso Amor de Dios Padre.

Porque siempre es tiempo de conversión. En la parábola se nos cuenta la trayectoria de dos hijos, y los dos necesitan convertirse. El pequeño porque ha usado su libertad para alejarse del amor de su padre, buscando la felicidad en un lugar equivocado, encontrando solamente la amargura. Y el mayor porque ha permanecido junto a su padre con un amor sin libertad, más como siervo distante que como buen hijo y hermano.

No presenta la parábola un tercer hijo que no necesite conversión: quiere el Señor que nos percatemos de que todos, sin excepción, hemos de fomentar en nuestra alma la búsqueda del amor, el rechazo del propio yo egoísta y enfermizo, la donación en libertad. Como enseña San Agustín, "para los enfermos vino Cristo, y a todos los encontró enfermos", de manera que "creerse sano es la peor enfermedad" (Sermo 80, 4 y 3). Todos necesitamos convertirnos cada día. Y, para todos, este tiempo de preparación al Jubileo del año 2000 es una gran oportunidad de "conversión y de renovación personal" (Tertio millennio adveniente, 42).

El Sacramento de la Penitencia es el medio más seguro de conversión. Nos lo recuerdan estas palabras de Juan Pablo II: «No hablan de la severidad de Dios los confesonarios esparcidos por el mundo, en los cuales los hombres manifiestan los propios pecados, sino más bien de su bondad y misericordia. Y cuantos se acercan al confesonario, a veces después de muchos años y con el peso de pecados graves, en el momento de alejarse de él, encuentran el alivio deseado; encuentran la alegría y la serenidad de la conciencia, que fuera de la confesión no podrán encontrar en otra parte» (Juan Pablo II, Homilía, 16-III- 1980).

El Sacramento de la Reconciliación es el sacramento de la alegría. Los cristianos vivimos alegres porque nos sabemos hijos de Dios, hijos muy queridos. Con la alegría de su vida, con su optimismo, los cristianos han de recordar, en todos los ambientes, que en Jesucristo se encuentran todas las respuestas a los anhelos más profundos del corazón del hombre.

Confiemos filialmente a la Virgen, Madre de Cristo y Madre nuestra, todo el fruto sobrenatural que deseamos que madure en estos años, con motivo del Jubileo de Nuestro Redentor: Madre Santa, haz que se cumpla en cada uno de nosotros la voluntad de Dios. ¡Que se abra la tierra a la llamada universal a la santidad! ¡Que en muchos corazones se opere esta profunda y gozosa transformación que, acogiendo a Cristo, da un nuevo sentido a la vida! Sancta Mater, istud agas! (De la secuencia Stabat Mater, en la fiesta de los Dolores de la Virgen).

8.10.09

Entrevista al Prelado del Opus Dei

"No basta enseñar a producir, a rendir, a ganar. Lo que importa de verdad es aprender a vivir rectamente"
Una entrevista de Fernando López Pan y Miguel Ángel Jimeno
Nuestro Tiempo
Pamplona (España), enero-febrero de 2000



El Prelado del Opus Dei y Gran Canciller de la Universidad de Navarra pide a quienes trabajan en la institución universitaria que indaguen especialmente en los problemas del tiempo en que viven: la dignidad de la persona, los derechos humanos, el respeto a la vida la solidaridad o la construcción de la paz.

¿Es la Universidad de Navarra del año 2000 la que imaginó su Fundador, el beato Josemaría Escrivá?
No dudo en responder afirmativamente. El beato Josemaría promovió numerosas iniciativas en todo el mundo. E imaginó muchas otras que todavía no han nacido. Eran fruto de su afán apostólico, de su espíritu emprendedor, creativo, optimista. Congeniaba con las personas de talante constructivo, que no se limitan a quejarse ante los problemas sino que aportan su grano de arena para resolverlos. Pero nunca se sentía propietario de esas tareas, sino sembrador.

El beato Josemaría nos contó muchas veces sus sueños sobre la Universidad de Navarra: un lugar de estudio sereno, de libertad, de convivencia, de servicio. Estoy seguro de que gozaría hoy, recorriendo el campus y conversando con profesores, empleados y alumnos, como le ocurrió muchas veces en los comienzos de esta aventura. Pero disfrutaría sobre todo viendo que la Universidad renace cada día del trabajo, de la oración y de los sueños de los que ahí trabajan.

¿Cuál debe ser el papel de la institución universitaria en la sociedad de hoy? ¿Qué rasgos son permanentes y cuáles pueden y deben adaptarse a las nuevas circunstancias sociales, económicas y culturales?



La Universidad no debería sólo adaptarse a las nuevas circunstancias, sino situarse —con palabras que el beato Josemaría empleaba en otro contexto— "en el origen mismo de los cambios". Esa actitud renovadora significa también atesorar los logros conseguidos y, desde luego, los valores indeclinables.

La Universidad es tierra de cultivo de ideas y proyectos capaces de generar progreso social. En los últimos años, han nacido nuevas instituciones dedicadas a la investigación, y algunas cuentan con más recursos y con la ventaja de la especialización. Pero la Universidad sigue siendo un ámbito propicio para la transmisión de la sabiduría.

Visión de conjunto, conciencia de la propia misión de servicio, primacía de la persona, espíritu innovador, administración serena del tiempo: esos son, entre otros, los rasgos que la Universidad debe conservar, a mi juicio, para seguir siendo protagonista del progreso.

Los conocimientos científicos crecen a tal velocidad que los investigadores han de especializarse en áreas muy concretas, tanto que corren el riesgo de perder la visión de conjunto. ¿Piensa usted que es posible combinar la especialización con las verdades más profundas del hombre? ¿Podría dar algún consejo al respecto?



Pienso que no sólo es posible sino necesario; y considero que, para un profesor universitario, es muy importante mantener la visión de conjunto: todo trabajo debe ayudarnos a poseer una idea clara sobre nosotros mismos y sobre el mundo, y a integrar esas convicciones en un proyecto de vida coherente. En mi opinión, los profesores han de transmitir a los estudiantes conocimientos sólidamente adquiridos y doctrinalmente rectos, que ayuden a descubrir el sentido de la propia existencia. No basta enseñar a producir, a rendir, a ganar. Lo que importa de verdad es aprender a vivir rectamente.

A la vez, no ignoro que mantener la visión de conjunto del saber es tarea difícil. Hay poco tiempo y mucho que hacer. Si tuviera que dar un consejo, aunque me gustaría más bien pedirlo a muchos profesores, sugeriría fomentar la amplitud de miras: saber regalarse grandes libros, seguir temas importantes de actualidad, conversar con sincero interés sobre el trabajo y las ideas de nuestros colegas, fomentar el diálogo interdisciplinar, ser dóciles a la verdad y humildes de inteligencia para rectificar o recomenzar cuantas veces sea necesario.

¿Qué espera de la actividad investigadora de los profesores? ¿Qué pediría a los profesores e investigadores de la Universidad de Navarra?



A quienes trabajan en la Universidad de Navarra les pediría que sigan indagando especialmente aquellas cuestiones que tengan amplias repercusiones sociales. Un investigador cristiano encuentra en su fe un acicate y una luz para profundizar en los problemas reales de su tiempo: la dignidad de la persona, los derechos humanos, el respeto a la vida, las exigencias de la solidaridad, la construcción de la paz y tantos otros temas que precisan de una nueva concepción de la investigación universitaria, que tenga siempre presente su misión de servicio al hombre.

Me viene a la cabeza la insistencia del Papa en la necesidad de estudiar el modo de resolver la deuda pública de los países del Tercer Mundo. Pienso que una Universidad como la de Navarra ha de descubrir y aceptar los retos que plantean este tipo de cuestiones, que son muy complejas y que exigen un alto nivel de conocimientos especializados y una profunda atención a la persona.

6.10.09

Carta del Prelado (octubre 2009)

El Prelado reflexiona sobre el valor santificador del trabajo y, ante el momento de crisis global, invita en su carta a "acrisolar la fe, fomentar la esperanza y favorecer la caridad".

01 de octubre de 2009

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Mañana, 2 de octubre, agradeceremos al Señor un nuevo aniversario de la fundación del Opus Dei; y cuatro días más tarde, el 6 de octubre, se cumplirá el séptimo de la canonización de nuestro Fundador. En la cercanía de estas dos fechas, pienso que nos viene bien meditar en esta sobrenatural intuición de nuestro Fundador, como la calificó Juan Pablo II[1]: el valor santificador del trabajo ordinario en medio del mundo, la necesidad de aprovechar el acontecer cotidiano, para responder al encuentro permanente que el Señor desea mantener con cada una y cada uno de nosotros. Se comprende perfectamente que nuestro Padre se volviera "loco de amor" al meditar con hondura las palabras que manifiesta Dios a través del profeta: meus es tu[2].

Nos consta que el trabajo, esta realidad universal y necesaria que acompaña la existencia de los hombres en la tierra, es medio para subvenir a las necesidades personales y de la propia familia, vínculo de comunión con las demás personas, ocasión de perfeccionamiento personal. Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra (Gn 1, 28). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora[3].

Juan Pablo II expuso con viveza esta enseñanza durante la canonización de nuestro Fundador, al ilustrar el relato de la creación del hombre: el Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara[4]. «El libro del Génesis —decía el Santo Padre— (...) nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la "labrase" y "cuidase". Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana»[5].

Ya en la ceremonia de la beatificación, el 17 de mayo de 1992, había afirmado que San Josemaría «predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo —añadía el Romano Pontífice— convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por eso, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación»[6].

Proponer otra vez este punto capital del espíritu del Opus Dei no resulta repetitivo, porque siempre podemos ahondar más en su inagotable riqueza espiritual y ponerlo en práctica con mayor fidelidad, contando con la ayuda de Dios y la intercesión de nuestro Padre. Como frecuentemente afirmó San Josemaría, mientras haya hombres y mujeres que desempeñen una tarea profesional, habrá personas que, impulsadas por este espíritu, mostrarán a sus amigos y colegas que es posible alcanzar la perfección cristiana, la santidad, mediante la santificación de la ocupación profesional, colaborando con Dios en el perfeccionamiento de la creación y cooperando con Cristo en la aplicación de la obra redentora.

Escuchemos a San Josemaría: somos nosotros hombres de la calle, cristianos corrientes, metidos en el torrente circulatorio de la sociedad, y el Señor nos quiere santos, apostólicos, precisamente en medio de nuestro trabajo profesional, es decir, santificándonos en esa tarea, santificando esa tarea y ayudando a que los demás se santifiquen con esa tarea. Convenceos de que en ese ambiente os espera Dios, con solicitud de Padre, de Amigo; y pensad que con vuestro quehacer profesional realizado con responsabilidad, además de sosteneros económicamente, prestáis un servicio directísimo al desarrollo de la sociedad, aliviáis también las cargas de los demás y mantenéis tantas obras asistenciales —a nivel local y universal— en pro de los individuos y de los pueblos menos favorecidos[7]. Hemos de pensar más en las personas que se encuentran a nuestro alrededor: ¿lo hacemos?, ¿despiertan en nosotros un claro celo apostólico? El trabajo profesional y las relaciones derivadas de su ejercicio constituyen un campo privilegiado para ejercitar el sacerdocio común recibido en el Bautismo. Tengámoslo muy presente durante el año sacerdotal.

Esas palabras de nuestro Padre resuenan con fuerza en los momentos actuales, signados por una profunda crisis económica y laboral que afecta a muchos países. Al mismo tiempo, nos recuerdan el carácter instrumental del trabajo en todas sus manifestaciones. Por eso, nos enseñaba también que los bienes de la tierra no son malos; se pervierten cuando el hombre los erige en ídolos y, ante esos ídolos, se postra; se ennoblecen cuando los convertimos en instrumentos para el bien, en una tarea cristiana de justicia y de caridad. No podemos ir detrás de los bienes económicos, como quien va en busca de un tesoro; nuestro tesoro está aquí (...); es Cristo y en Él se han de centrar todos nuestros amores, porque donde está nuestro tesoro allí estará también nuestro corazón (Mt 6, 21)[8].

Si la tarea profesional se considerase como un objetivo en sí mismo, y no un medio para alcanzar el fin último de la existencia humana —la comunión con Dios y, en Dios, con los demás hombres—, se desvirtuaría su naturaleza y perdería su valor más alto. Se convertiría en una actividad cerrada a la trascendencia, en la que la criatura no tardaría en situarse en el lugar de Dios. Un trabajo realizado así tampoco podría ser el medio para colaborar con Cristo en la obra redentora, que comenzó con sus años de artesano en Nazaret y consumó en la Cruz, entregando su vida por la salvación de los hombres.

Son ideas que Benedicto XVI ha expuesto recientemente en la encíclica Caritas in veritate, presentando la Doctrina social de la Iglesia en el actual contexto de globalización de la sociedad. Al afirmar, en las circunstancias actuales, que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad[9], el Papa pone de relieve —como ya expresó el Concilio Vaticano II— que el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social[10]. De este modo, situando en el núcleo del debate actual a la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, y elevada por Cristo a la dignidad de la filiación divina, el Santo Padre se pronuncia decididamente contra el determinismo que subyace en muchas concepciones de la vida política, económica y social.

Al mismo tiempo, el Papa pone de relieve la energía transformadora de la sociedad que lleva consigo el ejercicio de una libertad rectamente entendida, es decir, una libertad firmemente anclada en la verdad. Refiriéndose al desarrollo de los pueblos, escribe: en realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos. Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado[11].

En una época de crisis como la de ahora, con repercusiones que afectan directamente a tanta gente, podría presentarse un doble peligro: de una parte, confiar ingenuamente en que las soluciones técnicas resolverán todos los problemas; y, de otra, dejarse arrastrar por el pesimismo o la resignación, como si todo eso fuera inevitable, consecuencia de unas leyes económicas que no se pueden soslayar.

Una y otra actitud se demuestran falsas y peligrosas. Un hombre o una mujer de fe ha de aprovechar esta situación para mejorar personalmente en la práctica de la virtud, cuidando con esmero el espíritu de desprendimiento, la rectitud de intención, la renuncia a bienes superfluos, y tantos detalles más. Sabe, por otra parte, que en todo instante estamos en las manos de Dios, nuestro Padre; y que si la Providencia divina permite estas dificultades, lo hace para que saquemos bien del mal: Dios escribe derecho con renglones torcidos. Atravesamos un tiempo propicio para acrisolar la fe, fomentar la esperanza y favorecer la caridad; y para desempeñar nuestra tarea —la que sea— con rigor profesional, con rectitud de intención, ofreciendo todo para que en la sociedad se cree un auténtico sentido de responsabilidad y de solidaridad. ¿Rezamos para que se resuelva el grave problema del paro?

Por otro lado, las circunstancias difíciles favorecen que salgan a flote recursos escondidos en el interior de cada persona. Una de las recomendaciones más importantes de la reciente encíclica se concreta en la llamada a purificar las relaciones de la estricta justicia con la caridad, sin separar el ejercicio de estas dos virtudes. El gran desafío de estos momentos, afirma el Romano Pontífice, es mostrar, tanto en el orden de las ideas como en el de los comportamientos, que no sólo no se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la transparencia, la honradez y la responsabilidad, sino que, en las relaciones mercantiles, el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo[12].

Viene a mi memoria una enseñanza que San Josemaría difundió en sus escritos y en sus encuentros con gentes muy diversas. En una homilía, dirigía estas palabras a las personas de todo tipo que le escuchaban: convenceos de que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad. Cuando se hace justicia a secas, no os extrañéis si la gente se queda herida: pide mucho más la dignidad del hombre, que es hijo de Dios. La caridad ha de ir dentro y al lado, porque lo dulcifica todo, lo deifica: Dios es amor (1 Jn 4, 16). Hemos de movernos siempre por Amor de Dios, que torna más fácil querer al prójimo, y purifica y eleva los amores terrenos[13]. Y en otra ocasión, ante la pregunta acerca de la primera virtud que debería cultivar un empresario, su respuesta inmediata fue la siguiente: la caridad, porque con la justicia sola no se llega (...). Trata siempre con justicia a la gente y déjate llevar un poco del corazón (...). Haz lo que puedas por los demás, por medio de tu trabajo. Y vive, con la justicia, la caridad. La justicia sola es una cosa seca; quedan muchos espacios sin llenar[14].

Un gran amor a la justicia, informado en todo momento por la caridad, junto a la preparación profesional propia de cada uno, es el arma cristiana para colaborar eficazmente en la resolución de los problemas de la sociedad. Tenéis que hacer sobrenaturalmente lo que hacéis naturalmente, aconsejaba San Josemaría; y después —señalaba—, llevar este afán de caridad, de fraternidad, de comprensión, de amor, de espíritu cristiano, a todos los pueblos de la tierra[15]. Ponía en guardia frente a las doctrinas que ofrecen falsas soluciones —por materialistas— a los problemas sociales: para resolver todos los conflictos de los hombres nos bastan la justicia y la caridad cristianas[16].

Estas consideraciones no eximen a los cristianos —especialmente a quienes ocupan cargos de responsabilidad en la vida pública o en la sociedad— del esfuerzo por conocer bien las leyes de la economía. La caridad no excluye el saber —afirma Benedicto XVI, más bien lo exige, lo promueve y lo anima desde dentro. El saber nunca es sólo obra de la inteligencia. Ciertamente, puede reducirse a cálculo y experimentación, pero si quiere ser sabiduría capaz de orientar al hombre a la luz de los primeros principios y de su fin último, ha de ser "sazonado" con la "sal" de la caridad. Sin el saber, el hacer es ciego, y el saber es estéril sin el amor. En efecto, "el que está animado de una verdadera caridad es ingenioso para descubrir las causas de la miseria, para encontrar los medios de combatirla, para vencerla con intrepidez" (Pablo VI, enc. Populorum progressio, n. 75)[17].

Tratemos de entender más a fondo estas enseñanzas del Magisterio, difundirlas y hacer que calen con hondura en nuestra conciencia y en nuestra actuación diaria.

Como siempre, os recuerdo que permanezcáis muy unidos a mis intenciones. Y, como es natural, en primer plano está siempre la oración por el Papa y por sus colaboradores. Este mes, además, se celebrará en Roma una sesión especial del Sínodo de los Obispos, dedicada al continente africano. Acudamos desde ahora al Espíritu Santo y a la intercesión de San Josemaría, para que el Señor ilumine a los Obispos que se reunirán con el Papa y conceda gran fruto espiritual a esa Asamblea.

Hay otros aniversarios de la historia de la Obra, que no mencionaré. Sí que siento, en cambio, la urgencia de que crezca en todas y en todos el afán de conocer los diferentes pasos de la vida de San Josemaría: su finura para cuidar lo que el Cielo puso en sus manos le motivó para ser un leal servidor de Dios, de la Iglesia —con esta partecica, la Obra—, de sus hijas y de sus hijos, y de todas las personas, también de las que no le comprendían. Es de gran importancia que sigamos esas huellas.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de octubre de 2009.

[1] Cfr. Juan Pablo II, Homilía en la beatificación del Fundador del Opus Dei, 17-V-1992.

[2] Is 43, 1.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 47.

[4] Gn 2, 15.

[5] Juan Pablo II, Homilía en la canonización del Fundador del Opus Dei, 6-X-2002.

[6] Juan Pablo II, Homilía en la beatificación del Fundador del Opus Dei, 17-V-1992.

[7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 120.

[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 35.

[9] Benedicto XVI, Litt. enc. Caritas in veritate, 29-VI-2009, n. 25.

[10] Ibid. Cfr. Const. past. Gaudium et spes, n. 63.

[11] Benedicto XVI, Litt. enc. Caritas in veritate, 29-VI-2009, n. 11.

[12] Ibid., n. 36.

[13] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 172.

[14] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 27-XI-1972.

[15] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 2-VI-1974.

[16] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 14-IV-1974.

[17] Benedicto XVI, Litt. enc. Caritas in veritate, 29-VI-2009, n. 30.