22.12.10

Entrevista a Mons. Javier Echeverría

Entrevista televisiva al Prelado del Opus Dei en la Jornada Mundial de las Familias en 2007

21.12.10

El Prelado habla de la Navidad en familia

En una reciente entrevista, el Prelado del Opus Dei ha hablado sobre la Navidad y la familia. Querría tratar a los demás como los trata Cristo, dice.

9.12.10

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Mons. Javier Echevarría sugiere preparar la Navidad buscando la Gracia en los sacramentos y leyendo y meditando con frecuencia la Palabra de Dios.

Carta del Prelado (diciembre 2010)


07 de diciembre de 2010


Con inmensa alegría recuerdo el gozo con que San Josemaría repetía, durante el tiempo de Adviento, las palabras de la liturgia: Dominus prope est![1]. Esperaba con prisa y agradecimiento la solemnidad que conmemora la llegada del Salvador a la tierra.

Hemos comenzado estas semanas, que nos ayudan a prepararnos para la Navidad y las demás fiestas en torno al nacimiento del Señor. Pienso que se nos vendrán a la boca las palabras del profeta Isaías, que se recogen en la Misa del primer Domingo: sucederá en los últimos días que el monte del Templo del Señor se afirmará en la cumbre de los montes, se alzará sobre los collados, y afluirán a él todas las naciones[2]. Y nos rendiremos ante la bondad del Cielo, al ver cómo se cumplió esta profecía cuando el Verbo divino tomó carne en el seno virginal de María Santísima por obra del Espíritu Santo. Con su encarnación redentora, y especialmente por el misterio pascual de su muerte y su resurrección, el Señor ha traído la paz a la tierra, como anunciaron los ángeles en la primera Navidad. Aunque esa paz no se manifieste aún plenamente —pues el designio divino contempla que sólo al final de los tiempos Dios será todo en todas las cosas[3]-, ya ha hecho desaparecer el muro que se alzaba entre los hombres y Dios, a causa del pecado original y de nuestros pecados personales[4]. Además, Jesucristo quiere que los cristianos colaboremos diariamente en la implantación de su paz en los corazones, llegándonos hasta el último rincón de la sociedad.

El Papa comentaba, hace algunos años, que «los Padres de la Iglesia, en su traducción griega del Antiguo Testamento, usaron unas palabras del profeta Isaías que también cita Pablo para mostrar cómo los nuevos caminos de Dios fueron preanunciados ya en el Antiguo Testamento. Allí se leía: "Dios ha cumplido su palabra y la ha abreviado" (Is 10, 23;Rm 9, 28) (...). El Hijo mismo es la Palabra, el Logos; la Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra esté a nuestro alcance[5]. Y añade el Santo Padre, en su reciente Exhortación apostólica: ahora, la Palabra no sólo se puede oír, no sólo tiene una voz, sino que tiene un rostro que podemos ver: Jesús de Nazaret»[6].

Prosigamos, pues, con seguridad y gran contento, nuestro camino cristiano. «La Navidad nos recuerda que el Señor es el principio y el fin y el centro de la creación: en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios (Jn 1, 1). Es Cristo, hijas e hijos míos, el que atrae a todas las criaturas: por Él fueron creadas todas las cosas, y sin Él no se ha hecho cosa alguna, de cuantas han sido hechas (Jn 1, 3). Y al encarnarse, viniendo a vivir entre nosotros (cfr. Jn 1, 14), nos ha demostrado que no estamos en la vida para buscar una felicidad temporal, pasajera. Estamos para alcanzar la bienaventuranza eterna, siguiendo sus pisadas. Y esto sólo lo lograremos aprendiendo de Él»[7].

Hemos sido revestidos de Cristo en el Bautismo. Para conformarnos más y más a Él, el Señor nos ha dejado los demás sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía. Recibiéndolos con frecuencia y con las disposiciones debidas, nuestro parecido con Jesús se refuerza, nos hacemos mejores hijos de Dios. El Espíritu Santo realiza esa tarea en las almas, contando con nuestra colaboración personal. Y parte de esa colaboración se concreta en leer asiduamente la Palabra de Dios, que es viva y eficaz, y más cortante que una espada de doble filo: entra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y descubre los sentimientos y pensamientos del corazón[8]. De ahí el consejo de nuestro Padre: «Hemos de reproducir, en la nuestra, la vida de Cristo, conociendo a Cristo: a fuerza de leer la Sagrada Escritura y de meditarla, a fuerza de hacer oración»[9]. Empeñémonos, en las próximas fiestas, por «entender las lecciones que nos da Jesús ya desde Niño, desde que está recién nacido, desde que sus ojos se abrieron a esta bendita tierra de los hombres»[10]. Ponderemos con frecuencia: ¿con qué afán de santidad me acerco a las fuentes de la gracia? ¿Busco el modo de ser puntual en la recepción de los sacramentos, queriendo adquirir la limpieza de alma y el tono sobrenatural que Dios espera de mí?

La reciente Exhortación apostólica del Santo Padre, Verbum Domini, destaca la importancia de la Sagrada Escritura en la vida y misión de la Iglesia, y en la existencia personal de cada cristiano. Allí, Benedicto XVI recuerda a los estudiosos de la Sagrada Escritura, y a todos, una afirmación fundamental: «El lugar originario de la interpretación escriturística es la vida de la Iglesia»[11]. Sólo en el seno de la Iglesia, en continuidad con la Tradición viva y bajo la guía del Magisterio instituido por Cristo, se puede entender adecuadamente lo que el Espíritu Santo quiso comunicarnos para nuestra salvación, por medio de los escritores inspirados, sirviéndose de palabras humanas. Es decir, únicamente en la fe y desde la fe es posible comprender con hondura y exactitud, sin peligro de errar, lo que Dios nos ha revelado en orden a nuestra participación en la misma Vida divina. El estudio científico de la Sagrada Escritura se precisa para hacer una buena exégesis, pero igualmente necesaria —y en mayor grado— resulta la plena identificación con la fe propuesta por el Magisterio de la Iglesia. Por eso, «una auténtica interpretación de la Biblia ha de concordar siempre armónicamente con la fe de la Iglesia católica»[12].

Para comprender bien la Palabra de Dios, además de avivar la fe, esforcémonos por leer y meditar la Biblia en el clima espiritual en que fue escrita. Por eso resulta necesario que, al repasar con detenimiento el Evangelio y los demás libros inspirados, fomentemos una actitud personal de escucha. La Sagrada Escritura, sobre todo cuando es proclamada en el seno de la celebración litúrgica, cobra siempre actualidad, transmite la novedad de las cosas de Dios a la persona concreta que la oye con atención y desea asimilarla. Sus palabras, como escribe San Josemaría, son «luces del Paráclito, que habla con voces humanas para que nuestra inteligencia sepa y contemple, para que la voluntad se robustezca y la acción se cumpla. Porque somos un solo pueblo que confiesa una sola fe, un Credo; un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»[13].

De modo análogo, también en la lectura personal de la Biblia —sobre todo, del Evangelio— resuena la voz de Dios, que hemos de esforzarnos por aplicar a nuestra situación concreta. Si nos afanamos por cuidar la atención —una atención filial— en la lectura de los textos sagrados, esa actividad se transformará verdaderamente en oración. «Al abrir el Santo Evangelio —escribió nuestro Padre—, piensa que lo que allí se narra —obras y dichos de Cristo— no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia.

»—El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida.

»Aprenderás a preguntar tú también, como el Apóstol, lleno de amor: "Señor, ¿qué quieres que yo haga?..." —¡La Voluntad de Dios!, oyes en tu alma de modo terminante.

»Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo como norma concreta. —Así han procedido los santos»[14].

En el documento que he recordado, Benedicto XVI dedica varios párrafos a exponer cómo la vida de los santos ofrece una gran ayuda para penetrar con mayor profundidad en el sentido de la Escritura. San Gregorio Magno —el Papa lo recoge en la Exhortación apostólica— aseguró que «viva lectio est vita bonorum»[15], que la vida de los santos es una lección muy viva, muy honda. «La interpretación más profunda de la Escritura proviene precisamente de los que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través de la escucha, la lectura y la meditación asidua (...). No es una casualidad —prosigue el Santo Padre— que las grandes espiritualidades que han marcado la historia de la Iglesia hayan surgido de una explícita referencia a la Escritura»[16].

Después de afirmar que «cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios»[17], el Santo Padre menciona a varios santos y santas que han aportado luces nuevas, sacadas del Evangelio, a la vida de la Iglesia; y muestra cómo uno de esos rayos se manifiesta «en San Josemaría Escrivá y su predicación sobre la llamada universal a la santidad»[18]. Estas palabras nos han colmado —como es natural— de mucha alegría, al tiempo que nos traen al alma una llamada a nuestro sentido de responsabilidad, para sacar más provecho de las enseñanzas de nuestro Padre y difundir más aún su mensaje, amando así más a Dios y a la Iglesia.

Sigamos, pues, las repetidas invitaciones de San Josemaría a servirnos con frecuencia de los textos de la Biblia para alimentar nuestros ratos de oración y contemplar las escenas de la vida de Cristo, metiéndonos en el Evangelio «como un personaje más». Los textos litúrgicos de la Misa, tanto en el Adviento como en la Navidad, nos impulsarán fuertemente a crecer en familiaridad con la Palabra de Dios y a aumentar nuestra intimidad con Jesús, María y José. Entremos con decisión en sus vidas acompañando a los tres de todo corazón.

«Toda la vida del Señor me enamora», escribió nuestro Padre. «Tengo, además, una debilidad particular por sus treinta años de existencia oculta en Belén, en Egipto y en Nazaret. Ese tiempo —largo—, del que apenas se habla en el Evangelio, aparece desprovisto de significado propio a los ojos de quien lo considera con superficialidad. Y, sin embargo, siempre he sostenido que ese silencio sobre la biografía del Maestro es bien elocuente, y encierra lecciones de maravilla para los cristianos. Fueron años intensos de trabajo y de oración, en los que Jesucristo llevó una vida corriente —como la nuestra, si queremos—, divina y humana a la vez; en aquel sencillo e ignorado taller de artesano, como después ante la muchedumbre, todo lo cumplió a la perfección»[19].

Un consejo me gustaría sugeriros, tomando ocasión de esas palabras del Papa a propósito de San Josemaría: aumentad —aumentemos todos— el afán de conocer a fondo los comentarios de nuestro Padre a la Sagrada Escritura. Aprenderemos así a movernos con mayor soltura en el mar profundo de la Revelación, y sabremos descubrir también el sentido espiritual que se esconde en las palabras del texto sacro: lo que el Espíritu Santo desea transmitirnos, aquí y ahora, a cada una y a cada uno de nosotros. Con esta perspectiva os invito a releer un punto de Forja: «"Aquæ multæ non potuerunt exstinguere caritatem!!" —la turbulencia de las aguas no pudo extinguir el fuego de la caridad. —Te ofrezco dos interpretaciones de estas palabras de la Escritura Santa. —Una, que la muchedumbre de tus pecados pasados —a ti, que estás bien arrepentido— no te apartará del Amor de nuestro Dios; y otra, que las aguas de la incomprensión, de las contradicciones, que quizá padezcas, no deberán interrumpir tu labor apostólica»[20].

En los días pasados hice un rápido viaje a Fátima y a Santiago de Compostela, siguiendo las huellas de nuestro Fundador. Conocéis que el Santuario de Fátima le atraía especialmente; allí, como os he comentado otras veces, acudió San Josemaría con frecuencia para confiar a la Virgen sus intenciones, convencido de que la oración de María es siempre atendida por el Señor. También fui a Santiago de Compostela, recordando la peregrinación de nuestro Fundador al sepulcro del Apóstol, en 1938, que también fue un año jubilar, y uniéndome a la oración de Benedicto XVI en ese lugar, pocos días antes. En los dos sitios me he sentido apoyado por todos —como pedí, antes de salir, a vuestras hermanas y a vuestros hermanos de Roma—, para que el Señor nos conceda todo lo que le suplicamos. Recé por la Iglesia, por el Papa, por los fieles —cada mujer, cada hombre— del Opus Dei. Acudamos siempre a Jesús por medio de María, con fe y perseverancia, en una oración de unidad con la Iglesia y con la humanidad entera.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de diciembre de 2010.

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[1] Misal Romano, Domingo III de Adviento, Antífona de entrada (Flp 4, 5).

[2] Misal Romano, Domingo I de Adviento, Primera lectura (A) (Is 2, 2).

[3] 1 Cor 15, 28.

[4] Cfr. Ef 2, 14.

[5] Benedicto XVI, Homilía en la Misa de Nochebuena, 24-XII-2006.

[6] Benedicto XVI, Exhort. apost. Verbum Domini, 30-IX-2010, n. 12.

[7] San Josemaría, Notas de una meditación, 25-XII-1972.

[8] Hb 4, 12.

[9] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 14.

[10] Ibid.

[11] Benedicto XVI, Exhort. apost. Verbum Domini, 30-IX-2010, n. 29.

[12] Ibid., n. 30.

[13] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 89; citando a San Cipriano, De dominica oratione, 23 (PL 4, 553).

[14] San Josemaría, Forja, n. 754.

[15] San Gregorio Magno, Moralia in Job XXIV, 8, 16 (PL 76, 295).

[16] Benedicto XVI, Exhort. apost. Verbum Domini, 30-IX-2010, n. 48.

[17] Ibid.

[18] Ibid.

[19] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 56.

[20] San Josemaría, Forja, n. 655.

de opusdei.es

7.12.10

Catequesis con el prelado del Opus Dei en Colonia



En el marco de las actividades de la Jornada Mundial de la Juventud, a pocas horas de la llegada del Santo Padre a Alemania, mons. Javier Echevarría ha impartido una catequesis en la Iglesia de San Nicolás en Bergisch-Gladbach (Colonia).


18 de agosto de 2005

Opus Dei -

Colonia, 17 de Agosto de 2005
El miércoles comenzaron en Colonia las catequesis que, hasta el próximo viernes, dirigirán obispos y cardenales de todo el mundo a los jóvenes congregados en Colonia para participar en las Jornadas Mundiales de la Juventud.

En la catequesis pronunciada por el prelado del Opus Dei han participado alrededor de 500 peregrinos provenientes de Venezuela, Méjico, Honduras, Guatemala y Uruguay, así como de las Diócesis de Huesca y Barbastro en Aragón (al norte de la Península Ibérica), ciudad natal del fundador del Opus Dei, san Josemaría Escrivá de Balaguer.

El Obispo Javier Echevarría subrayó la acción del Espíritu Santo, la alegría de participar en la vida de Cristo y el seguimiento de sus pasos como respuesta a la llamada divina. Para alcanzar una personalidad de una pieza aconsejó el obispo a los jóvenes insistentemente vivir buscando su modelo en Jesucristo y para ello examinar una y otra vez la propia conducta.

Al mismo tiempo tuvieron lugar en otros lugares del Arzobispado de Colonia múltiples catequesis de obispos en diferentes lenguas, que vienen a ser el centro de las actividades de los primeros días de la Jornada. Junto a las
palabras de los obispos tienen lugar testimonios personales así como preguntas formuladas por los participantes y momentos de meditación, dándose ocasión para recibir el Sacramento de la Penitencia. El punto final lo marca la concelebración de la Santa Misa.

de opusdei.es

3.12.10

El Prelado en imágenes

Clip sobre el Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, con los enfermos, en África, con los jóvenes…

Cuando se ama de verdad

Mons. Javier Echevarría, obispo prelado del Opus Dei, relata en Memoria del Beato Josemaría, cómo vivía el fundador del Opus Dei el espíritu de mortificación.

El Fundador del Opus Dei alude, en Camino, 856, a la paradoja de que quien sigue el "Caminito de infancia", para hacerse niño, necesita robustecer y virilizar su voluntad. Por esto, me ha parecido oportuno abordar ahora la práctica de la mortificación y la penitencia, el amor a la Cruz, el espíritu de contrición. San Josemaría observaba en su vida lo que siempre enseñó: "Cuando se ama de verdad, no hay sacrificio costoso; el amor todo lo espera y todo lo entrega. La Pasión de Cristo sólo se explica en el amor".


La oración de los sentidos
Mons. Escrivá de Balaguer practicaba la mortificación y las penitencias corporales, porque las consideraba como un medio indispensable para la vida de unión con Dios y para la eficacia del apostolado. Hablaba con mucha frecuencia de la oración de los sentidos, concretada en el sacrificio corporal e interior y en el espíritu de reparación, que lleva al alma a negarse por amor.

Movido por amor
Muchas veces nos habló del sufrimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Nos hacía notar que había llegado a esa entrega para borrar todas las deficiencias humanas, movido por un amor lleno de felicidad y de libertad: oblatus est quia ipse voluit! ["¡se entregó porque quiso!: Isaías 53,7"] El 1 de septiembre de 1971, exteriorizaba esa íntima persuasión: “estoy convencido de que es necesario crucificar la memoria, el entendimiento y la voluntad: ¡hay un clavo para cada potencia!”

Quiso que el oratorio donde solía celebrar la Misa, en Roma, se adornase con cardos y rosas. Desde muy joven, repetía el lema per aspera ad astra, que, incluso, utilizó como motivo ornamental. En una oportunidad, al mostrar ese oratorio, comentó: “per aspera ad astra. Para mí estas palabras han sido siempre un despertador: ¡para llegar al Cielo, hay que sufrir, hay que anonadarse, hay que prescindir del propio yo, dejándonos enteramente a disposición de la Voluntad de la Trinidad Beatísima!”

Como el latir del corazón
Aceptaba gustosamente la mortificación activa y pasiva: deseaba que el Señor fuese dueño de su vida en todo momento, cuando experimentaba los gozos del trabajo, y cuando tropezaba con el dolor. Pienso que resumen bien esta actitud las siguientes palabras de 1963: "Hay que morir poco a poco, por la continua mortificación en mil detalles; y no es para asustarse, porque ha de llegar a ser una cosa tan natural como el latir del corazón. Yo no noto ahora el latir del corazón, pero se mueve, late. ¡Y ay del día en que se pare! Os digo a vosotros lo mismo: en vuestra vida espiritual, la vida del corazón, que es ese latir, ese esfuerzo, es mortificarse en cada instante, y estar en una conversación amorosa con el Señor, acudiendo a la intercesión de María, de José, de los Ángeles Custodios."

Es obvio que ese latir continuo supone esfuerzo personal: no es algo natural, automático. Al contrario, suele exigir un plan de mortificaciones, grandes y pequeñas.

En más de una ocasión, nos preguntaba con sencillez: "¿Cuántas docenas de mortificaciones acostumbradas tienes?" Cuando le conocí, enfermo de diabetes, observé que realizaba muchos sacrificios encaminados a llevar, con garbo y elegancia, las duras secuelas de esa dolencia.

Se mortificaba principalmente en el cumplimiento del plan de vida; prescindía de sus gustos personales; se atenía estrictamente al horario de la casa, sin concederse dispensas ni excusas, ni siquiera con motivos de enfermedad.

Evitaba, con naturalidad, las posturas cómodas del cuerpo durante el trabajo y durante la convivencia ordinaria: no apoyaba la espalda en las butacas ni en las sillas; o no cruzaba las piernas cuando estaba sentado. Durante años, al final de su vida, utilizó un sillón alto que no le permitía reposar los pies en el suelo.

En las cosas pequeñas
En 1954 describía así este esfuerzo constante en las cosas diarias, para ofrecérselas al Señor: "no puedo empeñarme en cazar aquí leones; porque, en primer lugar, no los encuentro, y, en segundo término, si no estoy en guardia, vigilante, cortando todo lo que no me une a Dios, no seré capaz de ver nada de lo que me pide. En cambio, buscando esa finura de amor, de delicadeza en las cosas pequeñas, nuestra vida diaria, de la mañana a la noche, es un servicio, una continua penitencia para dar gloria a Dios. Y ese trabajar en lo poco, in pauca fidelis!, nos sirve, además, de humillación, porque llegamos a la noche con el convencimiento de que no valemos nada. En el examen, yo tengo que decir muchas veces: Josemaría no está contento de Josemaría; porque hay muchas cosas que podía haber hecho y no las he querido hacer. Si no nos ejercitamos en las cosas pequeñas, nos creeríamos soberbiamente vencedores; ya que, con una falsa experiencia, pensaríamos que en lo grande seríamos fieles y, sin embargo, está la realidad cotidiana de que en lo pequeño tantas veces no somos generosos".

El ejemplo de Jesucristo
Un capítulo clásico de la ascética cristiana versa sobre la mortificación en las comidas. Evoca el ejemplo de Jesucristo, que ayunó en el desierto (Mateo 4,2), pasó hambre en el camino (Mateo 21,18) y sintió los ardores de la sed (Juan 4,7).

No probaba alimento alguno fuera de las horas de las comidas. Los almuerzos duraban pocos minutos cuando no tenía visitas. A temporadas tampoco tomaba sal, y no ponía azúcar en el café con leche, ni después de la curación de la diabetes. Ha habido épocas —siempre con permiso de su director espiritual— en las que seguía dos o tres días de ayuno riguroso, con sólo un poco de agua y un trozo de pan.

No dejaba nada en el plato, estuviese soso o salado, pasado o poco hecho. Procuraba servirse más de lo que le apetecía menos, y menos de lo que le apetecía más. Se tomaba los alimentos cuando —sin culpa de nadie— estaban estropeados; y si pensaba que podían perjudicar a la salud, se abstenía, pero sin pedir otra cosa.

En muchas comidas teníamos que instarle a que bebiera agua, porque tomaba muy poca durante el día. Esta mortificación venía de antiguo, pues a veces se fijaba como meta no probar más que la de las abluciones de la Misa.

Respecto a las bebidas, la mayor parte de su vida ni siquiera llegaba a beber un vaso de vino, en el almuerzo. Con el correr del tiempo, por su insuficiencia renal, el médico le prescribió agua mineral de Fiuggi, muy corriente en Italia. En los tres o cuatro últimos años de su vida, también por indicación médica, se cambió por agua de Evian, de composición salina diferente, porque los análisis indicaban que perdía muchísimo potasio. Le suponía una mortificación tomar fuera de las comidas la cantidad —un litro— que señalaron los médicos, pero además tendía a reducirla en las comidas, y teníamos que insistirle, especialmente en las épocas en que aprieta el calor en Roma.

Cuando recibía visitas, por su hospitalidad, procuraba que se preparasen menús bien presentados. Pero se las arreglaba para pasar con lo imprescindible sin concederse ninguna compensación, buscando lo menos apetitoso y más vulgar. Muchos de los invitados han comentado posteriormente que les edificaba su señorío, pues nunca se sentían coaccionados para dejar de servirse normalmente.

Fiel cumplimiento del deber
Aunque entendía que la mortificación más agradable al Señor es el fiel cumplimiento del deber, perfectamente acabado, practicó además, duras penitencias corporales. Junto a razones teológicas profundas, se descubre también ahí el “espíritu deportivo” con que afrontaba la lucha ascética.

Usó siempre las disciplinas y el cilicio, de acuerdo con el director espiritual. Durante una temporada —en los años más duros de la diabetes, en Roma—, hubo de dejarlo por prohibición médica: cualquier herida, por pequeña que fuese, le producía llagas purulentas que agravaban su estado de salud.

Cuando se ama de verdad
Observaba en su vida lo que siempre enseñó: "Cuando se ama de verdad, no hay sacrificio costoso; el amor todo lo espera y todo lo entrega. La Pasión de Cristo sólo tiene una explicación en el amor. Mortificación: oración del cuerpo y del alma. Pon amor y te parecerá poco todo lo que haces.


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Javier Echevarría, y Salvador Bernal , Memoria del Beato Josemaría Escrivá, Madrid 2000, pp. 209-214